miércoles, 12 de octubre de 2011

Cristóbal Colón: "La última vez que estuve en América fue en junio de este año"

"La última vez que estuve en América fue en junio de este año". Cristóbal Colón recuerda con naturalidad su último viaje al Nuevo Mundo, cuando visitó Panamá. Y también rememora la primera vez que pisó suelo americano: "Fue en 1972 en el puerto de Santo Domingo, en República Dominicana".



No es ninguna aberración histórica lo que se lee en el entrecomillado. Son palabras de Cristóbal Colón de Carvajal, descendiente directo del "descubridor", quien ostenta el título de Almirante de Indias.
Este madrileño de 62 años, oficial de la Armada Española en reserva, y fanático de deportes acuáticos, ha dedicado toda su vida al mar al igual que su ancestro.

Nombre de peso

Su nombre tiene un peso específico que le depara situaciones particulares diariamente. Cuando completa un formulario o cuando dice su nombre despierta sorpresa.
"Si no ando con prisa y me preguntan les explico quién soy", aunque reconoce que algunas veces sale del paso con lo que le venga a la mente. "No es cuestión de perder el avión", se excusa quien dice llevar una vida "de lo más normal".
Sin embargo, no es lo más normal del mundo ostentar los títulos de Almirante y Adelantado Mayor de las Indias, Duque de Veragua y Marqués de Jamaica. Los dos últimos fueron otorgados en su momento al nieto de Colón, Luis, tras llegar a un acuerdo "forzado" para acabar con los pleitos colombinos con la Corona que, según explica, "no cumplió lo pactado".
Hoy estos títulos nobiliarios no acarrean ningún privilegio. "Son honoríficos", explica.
Su nombre y su relación con la Corona no son los únicos puntos en común con su famoso ancestro. Ambos, desde muy jóvenes, dedicaron su vida al mar. El Colón de este tiempo comenzó navegando a vela: "Aquello me llevó a pensar que podía llegar a ser oficial de marina como mi padre", que también se llamaba Cristóbal y murió en un atentado de ETA en 1986.
Y así acabó en la Escuela Naval Española. Antes de graduarse dio la vuelta al mundo en barco como parte de su preparación. "En el buque escuela llegué a América por primera vez". Y lo hizo en el puerto de Santo Domingo. "Casi, casi como Cristóbal Colón", remarca.

Sangre aborigen

El vigésimo Cristóbal Colón tiene sangre aborigen.


"Desciendo de Moctezuma II", le asegura a BBC Mundo. Lo hace con la misma naturalidad con la que se refiere a la rama europea de su árbol genealógico.
Considera que es la prueba de que los españoles "no mantenían un trato discriminatorio hacia los indios". En contra de su opinión, muchos movimientos indigenistas se muestran beligerantes hacia todo lo que representa el 12 de octubre.
Colón lo considera "una cuestión puramente política". Cree que a su ancestro se le quiere echar "la culpa de todos los males que aquejan a ciertos países" y que hay políticos latinoamericanos que tratan de "justificar todas las desgracias y el poco desarrollo que se ha logrado desde que los españoles se fueron".
"Colón fue simplemente un descubridor", defiende. Lo separa del concepto de conquistador. "Por supuesto que toda la gente que iba allí no era precisamente la gente más caritativa y mejor de España. Tenían su parte de codicia y su deseo de enriquecerse", matiza.
Este sentimiento crítico de algunos sectores de los pueblos originarios americanos lo ha hecho vivir algún momento no muy agradable. Aun así ha podido limar asperezas.

Recuerda una ocasión en la que "esperaba una actitud muy negativa y hostil" con un grupo de aborígenes del norte de Estados Unidos. "Sin embargo tuve un encuentro en Washington sumamente cordial", recuerda con satisfacción.
Dedica buena parte de su tiempo a actividades relacionadas con su ancestro. Hasta ha representado a España como embajador en misión especial.
Lo que más disfruta son los encuentros con aborígenes como los Pueblo en el sur de Estados Unidos entre quienes la imagen es muy positiva. "Guardan un muy buen recuerdo" de la influencia española en su región, se enorgullece.
Entre los países que más valoran la figura histórica de Colón menciona en primer lugar a la República Dominicana donde es "el padre de la patria". "El Faro a Colón es como una moderna pirámide", ejemplifica. También percibe un gran reconocimiento en países como Argentina o Colombia.
Por el contrario, no duda en afirmar que donde la imagen de Colón es más negativa es en países como Venezuela y Bolivia. Allí considera que existe una "reivindicación contra la civilización no solamente europea, sino occidental".

El duque

En su opinión hay una intención de hacer ver que "los indios vivían en el paraíso terrenal", que fue "una desgracia que los descubrieran los europeos" y que "hubieran llevado allí su civilización y destruyeran aquel paraíso".
"Hoy todos sabemos que ese paraíso no era tal", enfatiza. "Los grandes imperios americanos se sustentaban sobre la esclavitud y sobre unos sacrificios humanos de una crueldad asombrosa", argumenta.

La resistencia de algunos pueblos originarios de América a la celebración del 12 de octubre hoy está muy ligada a la lucha contra la globalización. Un concepto que Colón considera íntimamente relacionado con la gesta de su ancestro. "Desde el primer momento del descubrimiento cambia por completo la vida de Europa", puntualiza.
Esa misma globalización hace que hoy alcaldes y otros funcionarios de Panamá, donde se encuentra Veraguas, el territorio del que es formalmente Duque, lo visiten en España con motivo del 12 de octubre.
Los ha llevado a conocer, entre otros sitios, Palos de la Frontera en la provincia de Huelva, punto de partida de la expedición de 1492 y donde están las réplicas de las tres carabelas.
Con esas embarcaciones Colón se lanzó hacia lo desconocido para acabar marcando la Historia Universal y la vida de este madrileño que lleva con orgullo la representación de su historia familiar, allí donde es bien recibido y donde no también.


lunes, 10 de octubre de 2011

Rodrerik GoodMan: Blog de literatura

Les presento mi otro Blog, Rodrerik GoodMan, donde podre fragmentos de la literatura, y textos de mi autoria.
Es un desafió para mi, ya que soy novato en el mundo de la escritura, aunque ya desde los 12 años me apasione por ella, tengo mucho por aprender y corregir.

Espero les sea grato, y pueda interesarles, lo que en ese blog volcare. También seria mas que interesante recibir, todo comentario que sea de alago o de critica constructiva, siempre en buenos términos. Lo que me hará crecer en este mundo tan hermoso que es la Lecto-Escritura.

Les dejo el link del mismo, para quienes estén interesados:  http://rodrerikgoodman.blogspot.com

Un cálido saludos a todos.

Hernán D. Rodriguez Gusman




domingo, 9 de octubre de 2011

Charming Paris


ROMANTICISMO DE EXPORTACIÓN


Por Benoît Duteurtre
Escritor.

Bajo la exigencia de seguir siendo el París de los sueños, la Ciudad Luz se ha ido transformando para cumplir con las expectativas de los turistas.

n la panadería del barrio, la mayoría de los turistas se expresa en “globish”. Una vez dentro del negocio, balbucean algunas palabras en inglés para pedir un sándwich. Más locuaces, algunos estadounidenses emplean largas frases, con la seguridad que les brinda representar a la cultura dominante. Cuando estoy en la fila de espera, a veces me atrevo a señalarles que, por lo general, en Francia se usa el francés –la educación indicaría preguntar: “¿habla usted inglés?”–. Algunos me miran, asombrados, y entiendo su asombro. Porque en los alrededores todo parece hecho para evitarles semejantes preocupaciones. Los cafés disfrazados de bistrots típicos exhiben en la pizarra los precios de sus appetizers y de su french Merlot. En cuanto a los autobuses que circulan cada cinco minutos, trasladando a los visitantes de un monumento a otro, también muestran carteles en inglés. En suma, el viajero que llegó para descubrir el doble destino “París-Eurodisney”, puede tener la impresión de encontrarse, a dos pasos de Notre Dame, en un anexo del parque de diversiones mundializado.
Un pintoresquismo organizado
Tengo que estar atento de no quejarme demasiado. Porque mis interlocutores podrían recordarme, no sin acierto, que vivir en Île de la Cité constituye un privilegio por el cual deben aceptarse algunos inconvenientes. Por lo tanto, prefiero divertirme distinguiendo cómo se comportan los turistas italianos, alemanes o españoles, quienes a pesar de todo conservan algunos rasgos culturales característicos. Pero también observo cómo se acelera la transformación del centro de París. Dentro de poco, en todas las ciudades históricas de Europa –Praga, Venecia, Roma– se reconocerá la misma zona de actividad, destinada de día al desfile de visitantes, mientras las viviendas, sujetas al alza del mercado inmobiliario, van siendo progresivamente adquiridas por los residentes ricos.
En 1988, el edificio en el que acababa de instalarme seguía siendo relativamente barato, con sus jubilados, estudiantes y parejas jóvenes que permanecían allí uno o dos años antes de emigrar hacia comarcas dulcemente familiares. En la calle, entre los negocios de souvenirs, todavía podía verse una charcutería, una óptica, una farmacia, una panadería, un puesto de diarios y un cabaret abandonado: La Colombe, donde Guy Béart había debutado en los años 50. Sin embargo, desde mi llegada pude observar la discreta transformación que ahora remplaza las brutales “renovaciones” de los años 60: una mutación progresiva del decorado, que contribuye a restaurar este barrio según las normas de un pintoresquismo organizado.
Durante aquella época, varios bistrots eran frecuentados por el personal del cercano Hôtel Dieu (el hospital más antiguo de París), que iba a comer el plato del día o tomar un café. Entre una refacción y otra fueron desapareciendo los mostradores y los salones fueron transformados en confortables lounges, donde hay que reservar mesa y se paga demasiado por un plato salido del microondas. Los nuevos gerentes no aprecian la clientela de mostrador, con sus charlatanes más o menos alcoholizados. Prefieren al cliente internacional, presto a echar mano de su presupuesto de vacaciones para ofrecerse el París de sus ilusiones. De allí surge la reciente invasión de un decorado neo-francés que combina frescos pseudo impresionistas y manteles a cuadros –cuando los mozos no se disfrazan de posaderos del siglo XIX, para atraer parroquianos de la vereda–. Al mismo tiempo los precios, por lo menos, se duplican. La charcutería se transformó en restaurante al paso y luego ingresaron las marcas, como los helados Häagen Dazs y los anteojos de sol Solaris, mientras la farmacia fue reemplazada por L’Occitane y sus auténticos jabones de la Provenza (que también se venden en Tokio o Chicago, pero el producto que viene de Francia es mejor).
Transformaciones exclusivas y excluyentes
La otra fase de la obra, comenzada bajo el gobierno del ex alcalde de París, Jean Tibéri –pero que no podría reprochársele del todo– consistió en extender las veredas para plantar castaños rosas, al tiempo que se prohibía el estacionamiento de autobuses. Así, después de la obligada restauración de los edificios, envejecidos unos tras otros, esta calle funcional pasó a ser casi encantadora. Por allí se ven circular coquetos vehículos de dos plazas, remolcados por ciclistas autóctonos que pasean a las parejas por la ciudad. Los autobuses prohibidos dieron paso a minibuses privados y limusinas destinadas a la clientela rica. Luego florecieron esas nuevas líneas de buses de dos pisos, curiosamente calcadas del transporte londinense y que taponan el barrio casi tanto como antes. Pero la gente puede conformarse con el transporte fluvial, asegurado desde la torre Eiffel hasta el Jardin des Plantes. Sin embargo, contrariamente al vaporetto italiano, al parisino no se puede subir con un ticket de subterráneo: hay que tener un pass, exclusivo para los turistas.
El reacondicionamiento de la calle Arcole permitió ampliar el circuito turístico, creando una circulación ininterrumpida de Notre Dame a la explanada del Hôtel de Ville (la Municipalidad), que alberga muchísimas actividades (pista de patinaje en invierno, jardín agreste en primavera, pasando por las fiestas del aire, del agua, de la sangre, de la solidaridad, del desarrollo sostenible, etc.). En el trayecto, los carteles de señalización invitan al paseante a ir a la torre Saint-Jacques o al museo de Orsay, sin peligro de perderse. El único elemento incongruente a lo largo de este paseo ideal, donde todos consumen y farfullan en inglés, es la silueta negra del Hôtel Dieu. Incluso asombra que este edificio sin encanto, ni siquiera ahora, siga reducido a su inmediata funcionalidad en el corazón de la ciudad: recibir las urgencias y curar enfermos en habitaciones que, a tarifa hotelera, costarían una fortuna. Sin duda, es por eso que la Asistencia Pública sueña con transformar ese “triste hospital” en un edificio de oficinas o, por qué no, en una residencia de lujo.
En Île de la Cité e Île Saint Louis –donde hoy día mi edificio constituye una excepción– es habitual ver, once meses al año, gran cantidad de departamentos con los postigos cerrados, porque los inversores y los propietarios optaron por convertirlos en “pied-à-terre” (una residencia secundaria). Desde 1960, París perdió 600.000 habitantes, principalmente originarios de las clases obrera y media. Todos los comercios se adaptaron, como esa cervecería donde hasta no hace mucho se podía comer a altas horas de la noche… Actualmente, el servicio se interrumpe tras el paso de la ola turística. Un poco más lejos, en la calle Saint-Louis-en-l’île, esta misma evolución transformó todos los negocios en galería de arte o de decoración, al igual que en las “más hermosas aldeas de Francia”, donde los puestos de sofisticada artesanía parecen haber expulsado a las primitivas formas de existencia.
La ciudad de los sueños edulcorados
Todas las mañanas, antes de la llegada de los clientes, un equipo de limpieza con trajes fluorescentes, provistos de vehículos verdes, registran a fondo la aldea gala. También vigila la policía. En el verano, un furgón de guardianes del orden se instala en medio del Petit Pont para impedir que quienes patinan en rollers ejecuten allí sus improvisadas hazañas. En cambio, no se considera obsceno el inmenso cartel publicitario que cubre la Conciergerie: las renovaciones de monumentos históricos permiten que Dior o Macintosh se exhiban en el corazón del barrio histórico, oponiendo su moderno logo al arcaísmo del viejo Hôtel Dieu y a las banderolas de la Confederación General del Trabajo (CGT) apelando al “salvataje del servicio público”.
En ese París ficticio, algunos pobres verdaderos se encargan incluso de reconstituir la Corte de los Milagros. A la salida de Notre Dame, un puñado de gitanos rumanos inician una espectacular competencia para sacar dinero con sus mutilaciones. Tirados en el suelo, imploran al turista entre estertores, mientras extienden una bolsa para que les den una moneda. Adolescentes con largas faldas, con aires de Esmeralda, lo abordan con cortas frasecitas (también en inglés), afirmando ser refugiadas políticas bosnias. Hace tiempo que se multiplican los acordeonistas. Algunos, como ese anciano rumano en silla de ruedas instalado abajo de mi edificio, conocen sólo tres notas que le permiten ejecutar en continuo La vie en rose y Sous les ponts de Paris. Un día, al borde del ataque de nervios, le pregunté si podía variar un poco su repertorio. Con aspecto abatido, me señaló a esas parejas de japoneses que pagan únicamente por las canciones de Edith Piaf. Así reafirman su impresión de descubrir esa “romántica” ciudad y a un auténtico acordeonista popular parisino.
Casi no existen contradicciones en el París de los sueños edulcorados, repetidos tanto en el cine como en la publicidad. Esto se hace más evidente en pleno verano, cuando Paris Plage ocupa los muelles y el pueblo entero, transformado en masa turística, se acerca a buscar allí una sensación de vacaciones… Un poco más arriba, los autos, devueltos a las orillas del Sena por el cierre de las vías rápidas, se amontonan en un eterno embotellamiento –como una realidad sombría al borde del sueño– liberando una contaminación reforzada cuyos vapores caen discretamente sobre una multitud en busca de aire puro y de la tranquilidad del río.

Traducción: Teresa Garufi



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Irak en la carne


EL GRADO CERO DE LA PATRIA


Por Alia Mamdouh
Novelista. Autora de, entre otros, La Passion (traducido del árabe al francés por Michel Galloux), Actes Sud, Arles, 2003, y de La Garçonne (traducido del árabe al francés por Stéphanie Dujols), que publicará Actes Sud en febrero de 2012.

La escritora iraquí Alia Mamdouh, hoy censurada en su propia tierra, intenta vivir con el recuerdo de un país aniquilado por la invasión estadounidense.

Monotonía de la patria
Para mí, eso que llamamos patria no es un régimen alimentario: no alcanza con eliminar las grasas para poner en orden el corazón. Con la edad, al agravarse el mal, se empiezan a ignorar los consejos de los médicos y es uno mismo el que le hace mal, a esa patria, y entonces empiezan los remordimientos porque uno acaba por perderla. No me gusta mucho la palabra: me remite a una cosa que se ha reducido hasta volverse muy lejana, y que ya no me seduce. Prefiero la palabra “país”, que me ahorra el tener que pensar en esos hombres del Estado iraquí, el viejo y el nuevo, encerrados detrás del hormigón armado y los tanques estadounidenses, y cercados por un Tigris sometido.
Siempre me pregunté si sería posible ser patriota a medias. ¿Se podrá regular la cantidad de nostalgia, de amor y de fobia que uno siente por su patria igual que se regula la cantidad de azúcar en sangre? No hay nada más miserable que el amor en sentido único. En este caso, el de un ser solitario, un ciudadano quebrantado que se atraganta cuando pronuncia el nombre de su país. El amor no alcanza para hacer una patria. Aunque yo me peleo con la mía, todavía hay cosas –alejadas de todo concepto– que me siguen desconcertando. Es estúpido procurar teorizar sobre la patria, y descifrar su influencia está muy por encima de mis fuerzas. Cuando se la coloca bajo el signo de la perfección, nos despojamos de nuestro carácter humano. Pero, ¿qué es esta cosa cuyo secreto no llego a penetrar? ¿Es la justicia o es eso que compartimos todos, el cansancio de la patria? Sí, es eso: ese cansancio que tan a menudo siento en todos los miembros y que sin embargo no me ayuda a desapegarme.
Nunca logramos que nuestro país nos ame como hubiéramos querido. En mi caso, ya no importa todo lo que yo corrí tras el mío: fracasé. Y no pude conocer su naturaleza ni sus leyes. Era –y todavía soy– una extranjera en mi país, igual que en Francia. Siempre me pareció que el país podía ser una materia textual extraordinaria, y que vivíamos a la vez a sus expensas y bajo su peso. Sin embargo, siempre hay tiempo para librarse de él, con todo tipo de pretextos, y constantemente estamos vengando su nombre, o vengándonos de él, o a causa de él. Todavía puedo ver la pancarta que blandíamos en nuestra juventud: “¡Moriremos y la patria vivirá!”. ¿Por qué mueren los ciudadanos por su patria? ¿Será ella la que invita a tal punto a la destrucción?

2. Futuro simple, futuro inmediato
Ese día le dije a mi profesora, Claudia, delante de veintidós compañeros y en un francés todavía muy balbuceante: “Estoy celosa de estos dos futuros. En mi país, apenas tenemos una letra, la s, y nos basta con colocarla antes del verbo para entrar en el ámbito del futuro. Pero tan pronto como el tirano, o el ocupante, o el colaborador descubren esa letra, el uso del verbo en cuestión se detiene para siempre”.
Los alumnos se rieron por cortesía: creyeron que estaba haciendo una broma. Yo me sentaba en primera fila, debido a esta enfermedad que tengo en los ojos. Sólo Claudia pudo ver las lágrimas que los empañaban. Me las tragué en silencio, mientras ella se acercaba y me daba unos golpecitos en el hombro. “No tengas miedo, estás aquí con nosotros…”.
En mi país, hace ya décadas que el futuro es inspeccionado con lupa y que vive solo; por eso perdió su espontaneidad. Y desde la ocupación estadounidense, creo que se lo mantiene al margen del pueblo, lisa y llanamente. Cuando recibí esta invitación para escribir, sentí un gusto amargo en la garganta y abrí archivos manchados con esa sangre que sigue recubriendo cada parcela de Irak. Se me aparecieron todos los clanes: la izquierda “chocolate con leche”, los religiosos de turbantes rutilantes, las milicias de esa clase política corrupta que recomendó e instituyó la beatería, la vendetta y la infamia, a tal punto que se empezó a despreciar la vida antes de vivirla. En cuanto al Partido Comunista iraquí, que perdió a tantos mártires durante toda su historia, comenzó a coquetear con el régimen de Saddam Hussein, y ahora que envejeció y que sus cuadros están gagá, se masturba contra el pecho del ocupante y las reprimendas de los religiosos. Con todo, todavía somos unos cuantos los que tenemos encuentros furtivos con nuestro país, los que lo amamos a escondidas, los que lo insultamos a hurtadillas o incluso en público.
Nunca me interesaron la política ni las historias de heroísmo. Al contrario: esas palabras me dan miedo, porque los héroes, los mártires y las víctimas tienen un poder tiránico muy carnal, que puede enfermar y fanatizar. Bagdad es una ciudad fascinante que invita a que la asolen. Pocos meses después de la invasión estadounidense, un jefe militar declaró: “Convertiremos esta capital histórica en una simple playa de estacionamiento”.
¡Qué bien dicho, cuánta exactitud! Todo ocurrió según lo convenido y no se cometieron más crímenes de los necesarios. Porque, en todos los períodos sangrientos que sacudieron a Irak, la muerte siempre consistió en cortar cabezas, o en abrirlas, o en quemarlas.

3. Imperfecto
Después de clase, Claudia y yo nos quedábamos conversando sobre esa presión que la lengua ejercía sobre mí, y también sobre la que ejercía la patria, que me quitaba la respiración. Estaba al borde de la agonía, desgarrada entre la desaparición de mi país y el misterio de esa lengua francesa escondida como un tesoro entre los tartamudeos de mi lengua árabe. Me consumía repitiéndome a mí misma: “Sí, es posible que un día, cuando sea vieja, logre dominar esta lengua que parece tan sabrosa como una copa de buen vino francés”. Hasta el día de hoy, sin embargo, sigo enfrentada al mismo dilema: yo no me he tomado revancha y la lengua no ha sabido someterse a mi voluntad. Y la iraquí que soy no puede poseer siquiera una brizna de su país lejano, cuya carne vuela en pedazos… Me atrincheré con él en el fasto y la intimidad de la infancia, que jamás abandoné, hasta en los tropezones de mi lengua.
En París, me cambié de un instituto a otro. Aprendí, olvidé, volví a empezar, fracasé, triunfé, abandoné, retomé… ¡Cuántas veces habré logrado memorizar, escribir, arrancar la hoja, aturdirme, equivocarme, intentar de nuevo! Era como si hiciera falta que olvidara mi propia lengua. Cuando me iba a dormir, me venía a la mente la idea de que el francés era como un amante muy distinguido que abandonaría mi cama si yo chapuceaba su nombre. Esta lengua nunca dejó de traicionarme, y yo de estancarme en el mismo nivel durante muchas clases. Era eso –entre muchas otras cosas abrumadoras– lo que me hacía replegarme sobre mi propio sistema lingüístico, agazapada en el fondo de mi pasado perfecto y continuo, y de mi futuro flaco y simple. Ambos se parecían a mi francés harapiento, aunque nunca haya dejado de clamar en esta lengua con voz elocuente, ni de esforzarme para hablarlo sin faltas. Me decía: “El principio de la frase será relativamente correcto, el medio un poco retorcido, qué le voy a hacer, pero me las arreglaré para que el final sea lógico”. En el fondo, la cosa era simple: el aprendizaje de la lengua agotaba todos mis recursos, exactamente como mi país. Lingüísticamente no me sentía segura, y eso me hacía las cosas difíciles como extranjera, sobre todo cuando mi país también me dejaba en la más profunda inseguridad, bajo amenaza. ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? Tu madre es siria; el iraquí es tu padre. ¿Es suficiente para aspirar al orgullo patriótico? ¿Cuál es tu grupo sanguíneo? ¿El secreto de tu confesión? ¿Tu casa sigue estando en Al-Adhamiya? Puede uno decirse hoy: “¿Qué tengo que ver yo con la patria?”. La vieja, abandonada, culpable, amputada, y la nueva, ocupada, servil, irrecuperable. Manipulamos todo: genes, países, creencias. Hasta el amor se dicta a través de una red virtual. Entonces, ¿por qué la patria no habría de ser virtual?

4. La casa de las hormigas
La casa de Al-Adhamiya ya no es habitable. Ya no se puede dormir allí, ni escudriñar cada rincón. El camino más corto que lleva hasta allí es el de mi infancia. Sin ella, no veo nada que quede tan lejos. Un perro errante y sarnoso aúlla en la cara de sus ex propietarios, que primero se ausentaron y después se murieron, que fueron echados, que huyeron, que envejecieron y desaparecieron. Todo el tiempo, en todas partes, las casas supieron enseñarles cosas a sus habitantes. En todo momento, extraigo de su suelo de baldosas mi hambre, mi desnudez, mis metamorfosis y mi abandono. Escribo, hago libros, pero siempre vuelvo allí, y dejo que esa casa se inmiscuya en mis asuntos. En cada novela, ella es la esencia de mi agonía. Está bien, me digo: me levantaré y repararé mis fortificaciones para volver a ella.
Sigo llamando por teléfono a una tía que se quedó allí, única guardiana, entre todos nosotros, de esa casa iraquí y de esa cocina con olor a nuez moscada, canela y comino. Cuando hablo con ella, me asalta su voz débil y abandonada. Ella también recibió el golpe de gracia. Es la voz de lo que queda de la familia. Pero, ¿por qué me apura para terminar la conversación? ¿Para no hacerme gastar? Eso dice ella, pero yo no. Es cierto que ya no oye bien, y que su voz cascada ya no es la que era, pues su edad se remonta a la falsa independencia de Irak. Pero yo le hago un montón de preguntas. ¿Dónde duermes? ¿Tu cuarto sigue recibiendo todo ese sol? ¿Siguen estando esos muebles bonitos en el salón, los de nuestra adolescencia fogosa y nuestra juventud tan rápidamente apagada? ¿Quién te visita, tía? Entonces se pone a sollozar silenciosamente, y dice mitad en broma, mitad en serio: “Sabes, hija, no veo a nadie salvo a esas hormigas que avanzan en línea recta hasta sus casas, cerca de mi cabeza, cuando me acuesto. Ya no puedo caminar como antes. Desde mi cuarto veo cómo se van cayendo las ramas, una tras otra. Ellas también están enfermas con un mal cuyo nombre no sabemos; igual que nosotros. Y las paredes se descascaran: están en carne viva, todos lo estamos”.
Cuelga bruscamente. Me veo expulsada del campo de su voz iraquí. Sigo llamándola con el único fin de marcar un número privado allí, en Bagdad, en Al-Adhamiya, en esa casa, la mía. Pero a menudo el teléfono suena y nadie responde. Es eso. El lugar está ahí, escondido, como un señuelo incesante, pero nosotros, nosotros ya no existimos allí.

5. París, ciudad fértil
Escribo, amo, hago el amor en árabe, y en árabe concibo los hechos y los gestos de los personajes de mis novelas. No dejo que mi lengua se pierda. París, ciudad vasta y cosmopolita, me invita a entrenar a mis personajes en el ejercicio de la libertad, que es el centro de gravedad de todos mis libros. Todo aquí me lleva hacia la libertad. Al escribir, sumerjo a los hombres y mujeres en ella, se las hago degustar, aunque sea una vez, porque sé que es contagiosa y puede hacernos descubrir el valor que no sabemos que tenemos. Más que todas las demás ciudades donde viví, París me hizo comprender que mi potencial de saber y de elegir podía agrandarse, y que las decisiones de futuro no se agotan nunca. Aquí es donde yo sentí la belleza de mi feminidad, como un largo camino de alegrías y posibilidades. Aquí es donde permití a mi madurez, a mi edad avanzada, que probara cada etapa con placer. En libertad, la edad se intensifica. Aquí viví mis momentos más felices. Sin embargo, como dice la protagonista de mi última novela, Un amour pragmatique (Un amor pragmático): “París te hace feliz si eres rico, joven y saludable. Pero yo no soy nada de eso”.
En el fondo, estoy convencida de que llevo en mí el exilio más denso y la patria más violenta, aun cuando mis libros están prohibidos desde hace décadas en mi propio país. Esa es la paradoja: allí están escondidas todas mis reservas, y a pesar de todo me siguen acosando la culpa y la traición.

Traducción: Mariana Saúl

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El país que se impuso el inglés como lengua oficial


El joven país de Sudán del Sur ha elegido el inglés como su lengua oficial pero, después de décadas de guerra civil, el uso generalizado del inglés presenta un gran reto para una nación que creció aprendiendo una variante del árabe.
Sabía que podría tener problemas en cuanto llegué al aeropuerto internacional de Juba y un funcionario que no sabía escribir en inglés me pidió que rellenara mi propio formulario de solicitud de visado.

Los carteles colgados en julio cuando el país celebró su independencia y que aún visten de color sus calles están escritos en inglés. También lo están los nombres de los nuevos hoteles, tiendas y restaurantes.
Después de décadas de arabización e islamización impuesta por el gobierno norteño de Jartún, el sur, mayoritariamente cristiano y de raza negra ha optado por el inglés como su nueva lengua oficial.

"Una nación"

"El inglés nos hará diferentes y modernos", me explicó en el ministerio de Educación Superior, Edward Mokole. "Desde ahora, todas nuestras leyes, libros de texto y documentos oficiales deberán estar escritos en ese idioma. La policía, las escuelas, tiendas y medios de comunicación deberán funcionar en inglés".
Estas ha sido "una buena decisión para Sudán del Sur", enfatizó, restando importancia al hecho de que pocos de sus compatriotas hablan inglés de forma fluida.
En realidad, el problema de Sudán del Sur -un país asolado, de pueblos remotos y carreteras de tierra, sin industria, bancos o líneas de teléfono, con electricidad e internet intermitente, con un 85% de analfabetismo y un sistema educativo destrozado- no es que tenga poco inglés, sino que apenas tiene lenguaje escrito de ningún tipo.
Visité colegios en los que se enseñaba sin libros de texto.
El jefe del departamento de Inglés en la Universidad de Juba no tenía libros en su despacho, ni siquiera electricidad o una computadora.
Tampoco vi librerías.
Para los nuevos gobernantes, que pelearon durante años por la independencia con el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán, aprender inglés es una nueva batalla.
"Con el inglés", me dijo titubeando el director de noticias de Radio Sudán del Sur, Rehan Abdelnebi, "podemos convertirnos en un país. Podemos limar nuestras diferencias tribales y comunicarnos con el resto del mundo".

"Herramienta de desarrollo"

Pero la paz en este país aún es frágil.
Todo Sudán está plagado de conflictos. En el Sur se hablan unas 150 lenguas distintas y hay miles de armas de fuego fuera del control de las autoridades así como un un cuarto de millón de exguerrilleros que están siendo desmovilizados y desarmados.
En Juba, se ven soldados por todas partes.
Pero también se percibe la presencia de comerciantes de Uganda y Kenia, así como de unos dos millones de desplazados que han regresado desde el norte, de refugiados y de miles de occidentales que buscan fortuna o traen ayuda.
Me encontré con el nuevo director del British Council (una institución que busca difundir la lengua inglesa) en su despacho, que se encuentra en el mismo lugar que uno de los clubes nocturnos más famosos de Juba (el club tenía espacio libre para alquilar oficinas y en Juba no hay mucho más donde elegir).
Después de 65 años operando en Sudán, el Council nombró a Tony Calderbank como supervisor del crecimiento del inglés en este nuevo país.
Allá donde iba Tony, observé gente que se le acercaba, ávidos de cursos, libros, profesores o becas.
"El inglés se ha convertido en una herramienta para el desarrollo", me dijo Tony, "y aunque es verdad que los ingleses en Sudán son vistos a veces como caciques coloniales, el inglés es un idioma respetado".

Influencia de Shakespeare

El general de brigada Awur Malual le pidió al British Council que enseñara inglés a sus soldados.
Él creció hablando su lengua tribal, Bor, y el árabe que se habla en Juba, una variante coloquial de ese idioma.
Ahora, puede hablar notablemente bien en inglés.
Cuando le pregunté cómo lo había aprendido, me dijo que leía libros mientras estaba en el frente. "Leí algunas cosas de aquel hombre, Shakespeare".
"¿Y leíste algo de Dickens o de Jane Austen?", le pregunté.
Se rascó la cabeza y añadió: "No los conozco".
Le prometí al general que le enviaría algo de Dickens.
Durante el tiempo que pasé en Juba, varias personas me pidieron libros: un diccionario legal y biografías de Nelson Mandela y Barack Obama, ambos líderes negros que infunden esperanza en este país.
Ya he enviado por correo algunas copias de Cimbelino, de Shakespeare.
El año que viene, como parte del programa artístico de los Juegos Olímpicos, la compañía de teatro sursudanesa Kwoto representará su cuento de amor, muerte y guerra en el árabe de Juba en el teatro The Globe de Londres.
Otras 36 obras de Shakespeare en 36 idiomas serán representadas.
Mientras nos quitábamos de encima las moscas del Nilo, le pregunté al director de Kwoto, Derik Alfred, por qué nadaba contracorriente: "¿Por qué no interpretáis la obra de Shakespeare en inglés?
"Aún debemos respetar nuestro propio idioma", me dijo de forma pícara, "¡pero el problema es que todavía no hemos traducido Cimbelino del inglés al árabe de Juba!".



sábado, 1 de octubre de 2011

Indignación por la condena a muerte de un pastor evangélico

Una alta autoridad que representan a la Unión Europea instó a la liberación "inmediata e incondicional" del pastor evangélicoYoucef Nadarkhani, quien se niega a renunciar a su fe. Por ese "delito", el régimen islámico lo sentenció a la horca. La pena por apostasía fue confirmada por la Corte Suprema.


La jefa de la diplomacia europea, Catherine Ashton, ha pedido a Irán que respete sus compromisos internacionales en materia de derechos humanos y que no condene a muerte al pastor cristiano evangélico Yusef Nadarjani.



Ashton se declaró "muy preocupada" por los informaciones sobre la reanudación del juicio contra el pastor iraní Yusef Nadarjani, condenado por apostasía en 2009, y urgió a las autoridades iraníes a respetar sus compromisos según el derecho internacional, "incluida la libertad de religión u opinión".
La alta representante de la UE instó a la liberación "inmediata e incondicional" del pastor evangélico.
El pasado 5 de julio, el Tribunal Supremo anuló la pena de muerte que ya pesaba sobre Nadarjani y devolvió el caso a la Audiencia Provincial de Gilan.
Si se confirma la pena de muerte y el Tribunal Supremo no acepta el recurso, Nadarjani pasaría a disposición del departamento que se encarga de la aplicación de condenas, dentro del sistema judicial iraní.
Nadarjani, que según la ley iraní es originariamente musulmán, al ser hijo de musulmanes, se convirtió al cristianismo a los 19 años y actualmente es pastor de un grupo evangélico. Fue detenido en octubre de 2009 y procesado por apostasía, lo que en Irán conlleva la pena de muerte.

Incertidumbre por situación de cristiano converso condenado a muerte en Irán


WASHINGTON D.C., 30 Sep. 11 / 04:13 pm (ACI)

Un ex musulmán que se convirtió en pastor evangélico fue sentenciado a muerte en Irán el 25 de septiembre pasado. Se tema que Yousef Nadarkhani haya sido ejecutado esta semana pero se desconoce su suerte.
Yousef, de 34 años de edad, fue detenido en el año 2009 tras protestar porque a sus dos hijos se les obligaba a estudiar el Islam en el colegio, pese a que la Constitución de Irán reconoce la libertad religiosa. El cargo de su condena a muerte es el de apostasía por haber dejado de ser musulmán. Yousef dejó el Islam cuando tenía 19 años y se convirtió al cristianismo.
Inicialmente el American Center for Law and Justice alertó que la ejecución podría realizarse el miércoles 28 de septiembre pero hasta el momento no se sabe si es que esta se ha producido o no.
Las autoridades iraníes, concretamente la Audiencia Provincial de la región de Gilan, al noroeste del país, establecieron que Yousef, por tener ascendencia islámica no tiene derecho a ser cristiano y por lo tanto debe renegar de Cristo.
La sentencia ha sido ratificada por la Corte Suprema de Irán.
Diversos países como el Reino Unido y Estados Unidos han solicitado a Irán no cumplir la sentencia de muerte, ya que constituye "un desprecio total" hacia la libertad religiosa que es un derecho humano fundamental.
En Argentina la diputada Cynthia Hotton presentó hoy una declaración al Parlamento para repudiar esta decisión de las autoridades iraníes. La declaración señala que con esta decisión se violan "el derecho a la vida, el derecho a la libertad de religión y el derecho a no discriminación".
Por su parte Hazteoir.org en España solicita a la opinión pública adherirse a la petición para detener la sentencia de muerte. Puede acceder a ella ingresando a:http://www.hazteoir.org/firma/41474-firma-libertad-youcef-nadarkhani