domingo, 11 de marzo de 2012

Un posible boomerang


LOS RIESGOS DE UNA GUERRA CONTRA IRÁN

Por Gary Sick*

Barack Obama, en busca de su reelección, advierte a Irán que no tolerará que siga avanzando en su proyecto nuclear. Y le asegura a su aliado, Israel, que la vía militar es una alternativa viable.

n Irán sin armas nucleares es preferible a un Irán que las tuviera. El propio Teherán lo admite. Signatario todavía del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), el país acepta las inspecciones de sus principales emplazamientos que lleva a cabo la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA). Y sus dirigentes, empezando por el ayatollah Jamenei, cada tanto proclaman que la posesión, la fabricación y la utilización de armas de esta naturaleza son contrarias al islam.
Desde la época del Sha, el país apoya la idea de un Medio Oriente desnuclearizado. El director de Inteligencia Nacional estadounidense, que coordina todas las agencias de seguridad de Estados Unidos, asegura que la República Islámica no tomó la decisión de construir la bomba (una decisión que, por lo demás, sería imposible disimular). No obstante, la historia nuclear del país persa tiene lagunas e incoherencias que no inspiran confianza, y la retórica incendiaria de sus dirigentes aumenta la sospecha.
Una opinión bastante difundida sostiene que sólo la coerción podría conseguir persuadir a Teherán de cambiar de rumbo. Esta política se viene desarrollando desde mediados de los años 90, bajo la administración de William Clinton. Luego, George W. Bush y Barack Obama la continuaron (1). En cuanto a los Estados europeos, en un principio reticentes, se sumaron luego a esta idea, empezando por Francia y el Reino Unido, que se pusieron a la cabeza del movimiento al preconizar sanciones reforzadas.
Una estrategia inútil
Antes de la adopción de esta estrategia, Irán tenía un programa nuclear de lo más rudimentario, sin una sola centrifugadora para enriquecer uranio. Casi dos décadas después, la AIEA informa que el país dispone de un programa considerable, con unas ocho mil centrifugadoras operativas instaladas en dos emplazamientos principales y un stock de casi cinco toneladas de uranio débilmente enriquecido. Así pues, el fracaso es evidente.
En lugar de tomar nota de ello, Estados Unidos y sus aliados replicaron con una escalada, llegando incluso a prohibirle a la República Islámica que vendiera sus productos petroleros, lo cual la privará de más de la mitad de sus ingresos. Tales medidas se parecen mucho a un bloqueo militar de los puertos petroleros, es decir a un acto de guerra. Las sanciones, que teóricamente deberían prevenir un conflicto bélico, se transforman así, progresivamente, en una guerra económica. El boicot a los bancos y el petróleo iraníes debería entrar en vigor de aquí al verano (boreal) de 2012; entonces podremos hablar de un conflicto no declarado. Nadie sabe cómo responderá la República Islámica, pero nadie imagina tampoco que sus dirigentes vayan a capitular, ni que vayan a quedarse de brazos cruzados.
La elección de la coerción se funda sobre la creencia de que la misma no puede volverse contra sus promotores. La misma convicción parece reinar en esos grupos que llevan a cabo una guerra clandestina contra Irán mediante asesinatos de científicos o ciberataques (por ejemplo, en 2010, con el gusano informático Stuxnet, destinado a interferir en el funcionamiento de las centrifugadoras) (2). Hay drones estadounidenses sobrevolando el territorio iraní. Hay información creíble que habla de un apoyo a movimientos separatistas en la región de Baluchistán –donde se dice que israelíes disfrazados de oficiales estadounidenses de la Central Intelligence Agency (CIA) habrían reclutado agentes–, pero también en la provincia de Juzestán, de población árabe, en el Kurdistán iraní o en las zonas de población azerbaiyana (3).
Estos sucesos despiertan gran satisfacción en Israel, en Estados Unidos y en algunas capitales europeas. A pesar de las proclamaciones según las cuales Irán representa una amenaza para la paz y la estabilidad internacionales, la política occidental está fundada sobre la hipótesis implícita de que Teherán no puede responder eficazmente a las amenazas financieras y clandestinas contra su seguridad. Ninguna de las partes implicadas toleraría semejantes acciones sobre su territorio. ¿Cuál podría ser entonces la réplica de la República Islámica?
¿Verdadero peligro?
Irán no es un peligro serio para nadie, ni siquiera para sus vecinos más próximos. Su presupuesto militar representa una fracción minúscula, no sólo comparado con el de Estados Unidos o de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), sino también con los gastos combinados de los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) (4). El país está cercado por las fuerzas estadounidenses y por la OTAN, entre otras cosas por un anillo de bases y fuerzas navales. Consciente de su relativa debilidad, hasta ahora evitó los enfrentamientos militares directos.
En cambio, invirtió enormemente en una robusta estructura de defensa –aunque relativamente barata– que haría muy peligrosa cualquier invasión. También perfeccionó técnicas de guerra asimétrica, tales como la guerrilla y la utilización naval de barcos rápidos que pueden sembrar la confusión y hasta vencer buques de guerra. Ajustó las baterías de misiles crucero, armas relativamente simples pero que podrían revelarse eficaces al ser utilizadas en masa, incluso contra un blanco importante.
Otro ámbito en el que Irán dispone de una gran competencia es el de la guerra informática, un terreno donde todo el mundo –o casi– tiene sus posibilidades. La represión que siguió a la dudosa elección presidencial de junio de 2009 demostró la capacidad del gobierno para controlar el ciberespacio. Contrariamente a los Estados árabes, que atraviesan masivas protestas desde principios de 2011, la República Islámica supo desactivar selectivamente fracciones de internet y trabar la utilización de Facebook, Twitter o el envío de SMS sin causar mayores daños a su comercio. También consiguió penetrar las redes sociales para identificar a los potenciales líderes de la oposición y utilizar sus declaraciones y actos para llevarlos a la Justicia. Por lo demás, el país persa dispone de una reserva de jóvenes y brillantes ingenieros informáticos, enrolados en un ciberejército semiclandestino. Hasta aquí, esta fuerza sirvió sobre todo para la represión, pero fácilmente puede ser dirigida contra un enemigo exterior.
Sin embargo, el arma de destrucción masiva de Irán no es una flota de lanchas rápidas, ni la informática, y menos aún una bomba nuclear inexistente: es el precio del petróleo. Para utilizarlo, Teherán ni siquiera necesita cerrar el estrecho de Ormuz. Si todas las sanciones internacionales fueran aplicadas, faltarían casi dos millones de barriles de petróleo por día. Arabia Saudita dijo que aumentaría su propia producción, y la reactivación de la producción libia también podría ayudar a compensar la escasez. Estados Unidos, así como otros países (sobre todo europeos), también podría utilizar sus reservas estratégicas.
Pero Europa debería encontrar –por sus propios medios– algo para reemplazar los casi seiscientos mil barriles que todos los días importa de Irán. Esta demanda emana mayoritariamente de sus tres economías más vulnerables (Grecia, Italia y España), cuyas importaciones actualmente se fundan en acuerdos de trueque y en contratos a largo plazo relativamente ventajosos, acuerdos cuyas ventajas, en términos de precio y calidad, serán difíciles de igualar. Deberán negociarse nuevos contratos, ponerse en marcha otros circuitos de proveedores y volver a calibrar las refinerías.
Un escenario temible
¿Esta transformación se hará con suavidad, sin aumento significativo del precio del petróleo? En enero de 2012, cuando Irán y Estados Unidos intercambiaron amenazas a propósito del estrecho de Ormuz, el precio del barril aumentó más del 6% y se estabilizó en ese nivel, sin que se disparara un solo tiro. Pero cualquier aumento tiene repercusiones mundiales, no sólo sobre el precio –políticamente sensible– de la nafta, sino también sobre casi todo lo que se fabrica y se transporta.
Imaginemos, dentro de cuatro meses, el siguiente escenario. Mientras el mundo se mueve para reemplazar el petróleo iraní y mientras Irán, por su parte, sufre cada vez más dificultades para mantener sus ingresos, el mercado empieza a experimentar una tendencia al alza. En ese momento, varios oleoductos o lugares de carga en el sur de Irak sufren explosiones inexplicadas, cuyo resultado es la supresión en el mercado de un millón de barriles por día. Al mismo tiempo, misteriosas averías afectan las refinerías saudíes y kuwaitíes, y las operaciones de carga de hidrocarburos en Emiratos Árabes Unidos se ven retrasadas debido a dificultades técnicas imprevistas en los controles informáticos, o posiblemente a un sabotaje orquestado por Teherán. Es imposible predecir a qué nivel subiría entonces el precio del barril, y por cuánto tiempo.
Este escenario demuestra que las sanciones rígidas no afectarían solamente a Irán: podrían tener consecuencias graves a escala internacional. Asumir ese riesgo sin duda vale la pena si se persigue un objetivo político bien definido y realista. Si de lo que se trata es de lograr que Teherán capitule y elimine su programa de enriquecimiento nuclear, cualquiera que conozca el país al menos un poco confirmará que es una quimera. Por lo demás, poca importancia tiene quién esté en el gobierno.
Si el objetivo es volver a llevar a la República Islámica a la mesa de negociaciones, el país ya declaró, hace más de un año, que deseaba un diálogo sin condiciones previas, es decir sin tener que aceptar una interrupción completa de su programa de enriquecimiento, tal como lo exigen las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, cuando el TNP permite dicho enriquecimiento. Sin embargo, eso es precisamente lo que pide la alta representante de Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la Unión Europea, Catherine Ashton, en su carta del 21 de octubre de 2011, donde invita a retomar las negociaciones (5). Es una falla fundamental en la estrategia occidental, que torna la situación peligrosa.
Por último, si el objetivo es castigar a Irán con la esperanza de provocar una guerra, entonces, efectivamente, hay posibilidades de éxito. Pero no se eliminará con ello la amenaza nuclear; al contrario. Se alimentará la fuerza de un gobierno extremista en su postura desafiante y de desprecio por la “comunidad internacional”, en su determinación de dominar el ciclo completo del combustible nuclear y, finalmente, de acelerar la fabricación de una bomba.
1. “Tempête sur l’Iran”, Manière de voir, Nº 93, junio-julio de 2007.
2. Philippe Rivière, “Ciberataque contra Teherán”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2011.
3. Alain Gresh, “Quand Israël attaquera-t-il l’Iran ? Il y a deux ans…”, blog Nouvelles d’Orient, el 17-1-12.
4. El presupuesto militar de Arabia Saudita es de 45.000 millones de dólares; el de Kuwait, de 4.600 millones, y el de Irán se calcula en 9.000 millones.
5. Peter Jenkins, “The Latest Offer To Iran Of Nuclear Talks: Don’t Hold Your Breath”, www.lobelog.com/, 30-1-12.
* Ex asesor del presidente James Carter, autor de October Surprise: America’s Hostages in Iran and the Election of Ronald Reagan, IB Tauris & Co Ltd, Londres, 1991.

Traducción: Mariana Saúl

Las virtudes del sacrificio


LOS FUNDAMENTOS MORALES DE LA AUSTERIDAD


Por Mona Chollet*

La Unión Europea acordó el 21 de febrero pasado una nueva ayuda financiera a Grecia. Pero es posible que este plan agrave aún más la recesión en ese país exangüe. La obstinación en preconizar el rigor se explicaría por convicciones morales más fuertes que la propia razón…


Rigor”, “austeridad”, “esfuerzos”, “sacrificios”, “disciplina”, “reglas estrictas”, “medidas dolorosas”... A fuerza de invadir nuestros oídos con sus fuertes connotaciones moralizantes, el vocabulario de la crisis termina provocando intriga. En enero pasado, en vísperas del Foro Económico de Davos, su presidente, Klaus Schwab, hablaba claramente de “pecado”: “Pagamos los pecados de estos últimos diez años”, diagnosticaba, antes de preguntarse “si los países que pecaron, en particular los del Sur, tienen la voluntad política de emprender las reformas necesarias” (1). En la revista francesa Le Point, bajo la pluma de Franz-Olivier Giesbert, el saldo de nuestras bacanales desenfrenadas es mayor: el editorialista lamenta “treinta años de tonterías, locuras e imprevisión, en los que hemos vivido por encima de nuestros recursos” (2).
Dirigentes y comentaristas repiten el mismo discurso puramente fantasioso: mostrándose perezosos, despreocupados y dispendiosos, los pueblos europeos habrían atraído hacia sí, como un justo castigo, la plaga bíblica de la crisis. Ahora deben expiar. Es necesario “ajustarse el cinturón”, honrar las buenas y viejas virtudes del ahorro y la frugalidad. El periódico Le Monde (17-1-12) cita el ejemplo de Dinamarca, país modelo al cual una “dieta de papas” le permitió gozar nuevamente de los favores de las agencias de calificación. Y en su discurso de asunción, en diciembre pasado, el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, arengaba a sus compatriotas: “Nos enfrentamos a una tarea ingrata, como la que atraviesan esos padres que se las ingenian para dar de comer a cuatro con el dinero de dos”.

Soluciones frente a la crisis

Muchos observadores se oponen a la impostura de ese razonamiento que pretende asimilar el comportamiento de un Estado al de una familia. Razonamiento que escamotea la cuestión de la responsabilidad de la crisis en el peso insoportable que la austeridad hace recaer sobre las poblaciones, cuyo único error es haber querido curarse o pagar la educación de sus hijos. Para un particular, el rigor presupuestario puede ser una fuente de orgullo y satisfacción; para un Estado, significa la ruina de millones de ciudadanos, cuando no conduce, como en el caso de Grecia, a un sociocidio liso y llano. En Dinamarca, precisaba Le Monde, la “dieta de papas” se tradujo en una explosión del desempleo y una reducción drástica de los programas sociales; “sesenta mil familias perdieron su vivienda”. Así, no sólo este falso sentido común elimina mágicamente las desigualdades sociales y esconde los estragos de la austeridad, sino que preconiza, frente a la crisis, una política económica que sólo conduce a agravarla impidiendo toda reactivación a través del consumo. “Ahorrar e invertir son virtudes para las familias; es difícil para la gente imaginar que a nivel de las naciones demasiada frugalidad pueda causar problemas”, señala Peter Coy, editorialista de Business Week (26-12-11).
Irracionales, propiamente delirantes, los llamados a la contrición no guardan ninguna relación con el menor elemento de realidad. ¿Cómo explicar entonces que sigan resonando de un extremo al otro del espacio europeo? Porque sirven a los intereses dominantes, responderán. Y, de hecho, con el pretexto de la deuda, brindan la oportunidad de coronar la destrucción de las conquistas sociales de la posguerra, iniciada hace unos treinta años. 
Antes de eso, ya habían permitido, en la Francia de Vichy, enterrar el funesto recuerdo del Frente Popular. El “proceso de Riom”, que tuvo lugar en 1942 en esa pequeña ciudad de Puy-de-Dôme, apuntaba a demostrar que los dirigentes “revolucionarios”, tales como Léon Blum y Edouard Daladier, eran responsables de la derrota de junio de 1940 frente al ejército alemán. La reducción de la jornada laboral a cuarenta horas semanales en las fábricas de armamento, y no las decisiones de los Estados mayores, habría sido fatal para las tropas francesas... Con vistas a la “recuperación nacional”, el mariscal Pétain había querido reemplazar el “espíritu de disfrute” por el “espíritu de sacrificio”. En la apertura del proceso, el diario Le Matin se refería a Blum como al “hombre que inoculó el virus de la pereza en la sangre de un pueblo” (3). Los franceses, setenta años antes que los griegos... y que los portugueses, a quienes su primer ministro, Pedro Passos Coelho, reprendía en estos términos: “Ustedes seguramente recuerdan ese episodio grotesco, cuando, mientras la Troika (europea) trabajaba en Lisboa para elaborar un programa de ayuda a Portugal (en 2011), todo estaba cerrado en el país, porque todo el mundo aprovechaba algunos feriados puente. La Troika, que prestaba dinero a Portugal, trabajaba; el país aprovechaba los feriados puente. Afortunadamente, lo que sucedió a partir de entonces se contrapuso a esta primera imagen, muy mala” (4).

Purificación

Pero la invitación al trabajo, a la mortificación y la abnegación ¿no es acaso un ardid para que la mayor cantidad de gente acepte su expoliación? Sus tonos sinceros, apasionados, llevan a pensar que esta idea no sólo es producto del cinismo, y que se arraiga en un fondo cultural sólido. “Ese humor ‘sacrificial’, tanto del orden del ethos como del razonamiento, suscita en muchos comentaristas una suerte de júbilo morboso, como si el sufrimiento popular también tuviera una dimensión ‘purificadora’”, constata el sociólogo Frédéric Lebaron a propósito de la situación actual (5). De igual manera, Pétain quería recordar a los franceses que “desde Adán, el castigo es un llamado al renacimiento, una promesa de regeneración” (6). Más cercano en el tiempo, Rajoy profetiza: “El esfuerzo no será inútil. Desaparecerán los nubarrones, levantaremos la cabeza y llegará de nuevo el día en que se hable de España y se hable para bien; el día en que volvamos la vista atrás y ya no recordemos los sacrificios”.
El reclamo de condiciones de vida decentes por parte del pueblo no hace más que alarmar a aquellos cuyos intereses contraría: les inspira una suerte de terror supersticioso, como si representara una transgresión impensable. Durante la derrota de 1940, relataba el historiador y miembro de la Resistencia Marc Bloch, los cuadros militares, provenientes de la alta sociedad, habían “aceptado el desastre porque encontraban en él ese atroz consuelo: aplastar, bajo las ruinas de Francia, un régimen deshonrado; arrodillarse frente al castigo que el destino había enviado a una nación culpable” (7).
Sin embargo, entre aquellos que, por su posición en la sociedad, no tendrían ningún interés objetivo en adherir a esta lectura de los acontecimientos, muchos son los que se muestran receptivos. Con respecto a los daños infligidos a la colectividad, los movimientos de “indignados” pueden aparecer incluso como una respuesta muy tímida, dejando entrever que la retórica de la expiación necesaria encuentra, a pesar de todo, un terreno favorable. En mayo de 2011, una funcionaria griega cuyo salario se había reducido de 1.200 a 1.050 euros para una jornada de trabajo que aumentó, por su parte, de 37,5 a 40 horas semanales, aseguraba por ejemplo estar “dispuesta a hacer esfuerzos adicionales” (8).
Algunos no dejaron de señalar que un sustrato cultural, incluso religioso, determina las actitudes de los protagonistas de la crisis del euro. “Expertos y políticos ignoran un factor: Dios. Finalmente, la religión y, en este caso, el protestantismo luterano. Hija de un pastor, [la canciller alemana] Angela Merkel tiene sentido del pecado, como muchos de sus compatriotas. Hay una manera alemana de hablar del euro que huele a la influencia del Templo. Y que evidentemente no carece de consecuencias en las soluciones presentadas para socorrer a la unión monetaria europea”, escribe Alain Frachon en Le Monde (23-12-11).
Sin embargo, puede dudarse de que la influencia del protestantismo se limite a la zona geográfica donde tuvo su auge en el siglo XVI. El sociólogo alemán Max Weber mostró en un célebre ensayo de 1905 cómo la ética protestante contribuyó a “darle una mano” al capitalismo, creando un “espíritu” que le era favorable (9). Más tarde, y hasta nuestros días, ese espíritu perduró y prosperó de manera autónoma, fuera de todo referente religioso. Terminó volviéndose tan omnipresente e invisible como el aire que respiramos. La historiadora Janine Garrisson menciona el ejemplo de Jean-Paul Sartre, quien ironizaba sobre la fe protestante de su abuelo materno, estando él mismo “mucho más cerca de él, de su puritanismo, de su gusto por el conocimiento, que lo que quería admitir. ¿No es el mismo Sartre quien proclama alto y claro que un intelectual que no trabaja al menos seis horas por día no puede reivindicar ese prestigioso título?” (10).
La tesis de Weber es en efecto que el protestantismo “hizo que la ascesis saliera de los conventos” donde el catolicismo la había confinado. La doctrina calvinista de la predestinación, según la cual cada ser humano es elegido o condenado por Dios desde tiempos inmemoriales, sin que ninguno de sus actos pueda modificar nada al respecto, habría podido conducir a una forma de fatalismo. Produjo el efecto contrario: sometiendo toda su vida a una disciplina estricta, los fieles invirtieron toda su energía en el trabajo, buscando en el éxito económico una señal de su salvación. La fortuna dejó entonces de ser condenable; muy por el contrario. Sólo el hecho de disfrutar de ella era reprensible. Weber menciona el caso de un rico fabricante a quien su médico le había aconsejado comer cada día, para su salud, algunas ostras, pero que no podía permitirse semejante suntuosidad, no por avaricia, sino por escrúpulo moral.
“La idea del deber profesional, escribe el sociólogo, está presente en nuestra vida como un fantasma de las creencias religiosas de antaño”. Ya que los trabajadores también debieron aprender a “hacer el trabajo como si fuera un fin absoluto en sí mismo, una ‘vocación’”. Esa mentalidad, actualmente dominante, no se impuso sino al precio de un “pesado combate contra un mundo de fuerzas hostiles”, y en particular con la ayuda de una política de bajos salarios: Juan Calvino estimaba que la masa de obreros y artesanos “debía mantenerse en estado de pobreza para seguir siendo obediente a Dios”. El protestantismo abrió entre elegidos y condenados “una brecha a priori más infranqueable y más preocupante que la que separaba del mundo al monje de la Edad Media, una brecha que dejó una huella profunda en todos los sentimientos sociales”. El puritanismo inglés forjó también “una legislación sobre la pobreza cuya dureza contrastaba radicalmente con las disposiciones anteriores”.
Rico o pobre, en adelante, descansar, disfrutar de la vida, “perder tiempo”, ya no podía hacerse sin mala conciencia. Uno dimensiona lo que el mundo actual debe a esta concepción cuando lee que el pastor luterano Philipp Jakob Spener, fundador del pietismo, denunciaba como moralmente condenable “la tentación de jubilarse prematuramente”...
En suma, tal como lo había observado en el siglo XVI el humanista alemán Sebastian Franck –citado por Weber–, la Reforma “impuso a cada hombre ser un monje a lo largo de toda su vida”. La influencia del cristianismo y su descalificación de la vida terrenal aumentó fuertemente. Puede presumirse que esta herencia espiritual y cultural no dejó de inhibir las posibles respuestas a los ataques perpetrados contra las sociedades. Tras la laicización de los Estados, ¿qué pensar de la laicización del espíritu?


1. Entrevista de L’Hebdo, Lausana, 18-1-12.
2. Le Point, 23-11-11. Véase Mathias Reymond, “Les éditocrates sonnent le clairon de la rigueur”, Acrimed.org, 12-12-11.
3. Citado por Frédéric Pottecher, Le Procès de la défaite. Riom, février-avril 1942, Fayard, París, 1989.
4. Expresso.pt, Lisboa, 6-2-12.
5. Frédéric Lebaron, “Un parfum d’années 30…”, Savoir/Agir, N° 18, diciembre de 2011.
6. Citado por Gérard Miller, Les Pousse-au-jouir du maréchal Pétain, Seuil, col. “Points Essais”, París, 2004 (Primera edición: 1975).
7. Marc Bloch, L’Etrange défaite, Gallimard, col. “Folio Histoire”, 1990.
8. “Comment les Grecs se sont mis au régime sec”, La Croix, París, 8-5-11.
9. Max Weber, La ética protestante y el espíritu del Capitalismo, varias ediciones. 
10. Janine Garrisson, L’Homme protestant, Complexe, Bruselas, 2000.
* De la redacción de Le Monde diplomatique, París.

domingo, 26 de febrero de 2012

La compañía del tren siniestrado niega que el maquinista avisara del fallo en los frenos


La compañía concesionaria Trenes de Buenos Aires (TBA) negó este domingo que el maquinista del 'expreso de la muerte', Marcos Antonio Córdoba, haya avisado a tiempo a la torre de control que tenía problemas de frenos y, pese a ello sus superiores, le ordenaran "sigue, sigue, sigue", provocando el choque del pasado miércoles en la estación terminal Once que causó 51 muertos y 703 heridos.
En abono de esa versión de la empresa se filtró a algunos medios de comunicación la supuesta caja negra del tren número 3772, en viaje entre las estaciones Moreno y Once, donde están grabadas las conversaciones. Ese registro será sometido a pericias por la Justicia para determinar si es auténtico y contiene toda la comunicación producida en el viaje o fue editado.

La grabación

Hacia el minuto 15 de los 18 que en total contiene la grabación, puede oírse el siguiente audio que corresponde a segundos después del choque:
-¡Control, control!.
-¡Atento 72!.
- Atento Oscar, Oscar Giardinelli ¿estás en Once? Oscar, no repongas nada, no repongan corriente. Atento, manden inspector urgente a Once.
- No te repongo, ahí te mando al inspector.
- ¡Urgente, urgente, urgente por favor!
- Control, mándame la ambulancia y los bomberos urgente a la plataforma dos.
-¿A qué plataforma Oscar? Ahí te mando todo Oscar, ahí te mando todo.
- Habla el guarda acá del anden dos, hay una señora que cayó y está muy lesionada, acá, en el andén dos, por favor, emergencia. Que manden un doctor. Mandame policía y bomberos urgente, por favor.
-¿Cómo estás vos y el conductor? A ver, contame 72. Contame, ya tengo todo pedido el servicio.
-Atento Oscar Giardinelli, ¿me copiás Oscar? Fijate cómo está el conductor, fijate por favor. (Fin del audio)
TBA emitió un comunicado a su personal asegurando que el tren"cumplió el trayecto sin que se verifiquen o comuniquen anomalías hasta su impacto en la estación Once". También indicó que "la lectura de las desaceleraciones y frenado" en las trece estaciones del trayecto "resultan normales", así como las comunicaciones "no contienen novedad alguna emitida desde la posición del conductor referente a fallos en el sistema de frenos o en cualquier otro dispositivo del tren".
Las versiones de Córdoba y su empresa apuntan a un "fallo técnico" del sistema de frenos y a un "error humano" del maquinista, respectivamente.Esa contradicción resulta crucial de cara a atribuir responsabilidades penales a cada uno de los actores del accidente y las ulteriores responsabilidades civiles, con millonarias indemnizaciones a las víctimas y sus familias.

Sanciones a los trabajadores

Mientras tanto, los delegados sindicales de la línea Sarmiento en que ocurrió la tragedia, han denunciado que TBA sancionaba a los trabajadores que se negaban a operar locomotoras y vagones en mal estado. Por ejemplo, el 14 de febrero pasado TBA castigó a un guarda que no autorizó la salida de un tren porque sus puertas no cerraban y tenía el piso y ventanas rotas.
"El objeto de esta sanción disciplinaria es que Ud. reflexione sobre las consecuencias que generan este tipo de actitudes, evitando su reiteración en el futuro. Asimismo queda usted notificado que en caso de reincidencia en conductas similares será objeto de sanción disciplinaria de mayor gravedad", notificó la empresa al guarda, según publicó el diario La Nación.
La Defensoría del Pueblo recomendó el sábado al Gobierno nacional que rescinda la concesión del ferrocarril en las líneas Sarmiento y Mitre a Trenes de Buenos Aires, de la familia Cirigliano.
Transcurridos ya cuatro días de la tragedia que enluta a Argentina, la presidenta peronista Cristina Fernández sigue sin aparecer ni hablar en público. Se marchó el viernes a la villa patagónica El Calafate para descansar en su chalé. Sólo emitió un comunicado de condolencias. El silencio presidencial contrasta con su uso frecuente de la cadena nacional para hablar de intrascendencias. Por ejemplo aquella vez que promocionó el consumo de cerdo porque su carne, aseguró, es afrodisíaca y "mejor que el Viagra".

La guerra de Siria deja otros 94 muertos


El Observatorio Sirio de Derechos Humanos afirma que entre los fallecidos de ayer hay 68 civiles y 33 soldados del gobierno de El Asad

La Cruz Roja frena la evacuación de heridos del foco rebelde de Homs al atascarse la negociación en la que mediaba entre el régimen y la oposición


La guerra en Siria, que enfrenta al Gobierno de Bachar El Asad con un movimiento de oposición civil, dejó ayer, sábado, 94 muertos más a lo largo de todo el país, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos. Otro punto negro de la jornada fue el bloqueo de las negociaciones de la Cruz Roja y la Media Luna Roja con el régimen sirio para evacuar heridos, mujeres y niños de la ciudad rebelde de Homs, y más específicamente del barrio de Baba Amro, muy azotado por las fuerzas oficiales al concentrar un importante núcleo de resistencia.
El Observatorio asegura que entre los fallecidos de ayer hay al menos 68 civiles y 33 miembros de las fuerzas armadas. En Homs, según el desglose de la ONG siria, perdieron la vida 24 civiles, además de otros ocho que cayeron en los alrededores de la localidad.
Los 33 soldados abatidos se reparten, según el Observatorio, por distintos puntos del país en los que hubo combates entre el Ejército, leal al presidente El Asad, y desertores unidos a la rebelión ciudadana.
Por otro lado, en Homs, objetivo principal de los ataques militares contra la insurgencia, se atascaron ayer las negociaciones a tres bandas entre ONG internacionales (Cruz Roja y Media Luna Roja), el Gobierno y los rebeldes para acordar la manera de que las entidades no gubernamentales puedan sacar de esta ciudad sitiada a los heridos, a las mujeres y a los niños. El viernes comenzó la salida de gente del barrio de Baba Amro (20 personas: mujeres y niños), pero ayer se taponó esa puerta abierta.
El portavoz del Comité Internacional de la Cruz Roja en Siria, Saleh Dabakeh, dijo a EFE que su organización y la Media Luna Roja negociaron todo el día con las autoridades y los grupos opositores, pero "las discusiones no llevaron a ningún resultado concreto". "Esta noche no habrá evacuaciones urgentes", agregó el responsable, que apuntó que los contactos continuarán para "intentar entrar en Baba Amro y salvar la vida de las personas afectadas".
Entre la gente atrapada en el barrio rebelde, se encuentran dos periodistas occidentales heridos, la francesa Edith Bouvier y el británico Paul Conroy. En este mismo lugar pemanecen los cadáveres de dos reporteros extranjeros fallecidos el miércoles pasado, la periodista estadounidense Marie Colvin y el fotógrafo francés Rémi Ochlik.

El año de todos los peligros


TENSIONES AL ROJO VIVO EN EL GOLFO PÉRSICO


Por Ignacio Ramonet*

Una peligrosa escalada belicista coloca al Golfo Pérsico como principal amenaza geopolítico del año. Un ataque contra Irán derivaría en un conflicto regional. 

Será 2012 el año del fin del mundo? Es lo que vaticina una leyenda maya que incluso le pone fecha exacta al Apocalipsis: el 12 de diciembre próximo (12-12-12). En todo caso, en un contexto europeo de recesión económica y de grave crisis financiera y social, los riesgos no escasearán este año, que verá además elecciones decisivas en Estados Unidos, Rusia, Francia, México y Venezuela.
Pero el principal peligro geopolítico seguirá situándose en el Golfo Pérsico.¿Lanzarán Israel y Estados Unidos el anunciado ataque militar contra las instalaciones nucleares iraníes? El gobierno de Teherán reivindica su derecho a disponer de energía nuclear civil. Y el presidente Mahmud Ahmadinejad ha repetido que el objetivo de su programa no es en absoluto militar; que su finalidad es simplemente producir energía eléctrica de origen nuclear. También recuerda que Irán firmó y ratificó el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), mientras que Israel nunca lo hizo.
Por su parte, las autoridades israelíes piensan que no se debe esperar más. Según ellas, se acerca peligrosamente el momento en que el régimen de los ayatolás dispondrá del arma atómica, y a partir de ese instante ya no se podrá hacer nada. El equilibrio de fuerzas en Medio Oriente se habrá roto, e Israel ya no gozará de una incontestable supremacía militar en la región. El gobierno de Benjamín Netanyahu estima que, en esas circunstancias, la existencia misma del Estado judío estaría amenazada.
Según los estrategas israelíes, el momento actual es tanto más propicio para golpear cuanto que Irán se encuentra debilitado. Tanto en el ámbito económico, a causa de las sanciones impuestas desde 2007 por el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas –basadas en informes alarmantes de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AEIA)–, como en el contexto geopolítico regional, porque su principal aliado, Siria, a causa de la violenta insurrección interna, se halla imposibilitado de prestarle una eventual ayuda. Y esta incapacidad de Damasco repercute en otro socio local iraní, el Hezbollah libanés, cuyas líneas de aprovisionamiento militar desde Teherán han dejado de ser fiables.
Por estas razones, Israel desea que el ataque se lleve a cabo cuanto antes. En aras de preparar el bombardeo, ya hay infiltrados en Irán, efectivos de las fuerzas especiales. Y es muy probable que agentes israelíes hayan concebido los atentados que, estos dos últimos años, causaron la muerte de cinco importantes científicos nucleares iraníes.



Consecuencias militares y económicas

Aunque Washington también acusa a Teherán de estar llevando a cabo un programa nuclear clandestino para dotarse del arma atómica, su análisis a propósito de la oportunidad del ataque es diferente. Estados Unidos está saliendo de dos decenios de guerras en esa región, y el balance no es halagador. Irak ha sido un desastre y ha quedado finalmente en manos de la mayoría chiita, la cual simpatiza con Teherán... En cuanto al lodazal afgano, las fuerzas estadounidenses se han mostrado incapaces de vencer a los talibanes, con los cuales la diplomacia estadounidense ha tenido que resignarse a negociar antes de abandonar pronto el país a su destino.
Estos costosos conflictos han debilitado a Estados Unidos y revelado a los ojos del mundo los límites de su potencia y su incipiente declive histórico. No es hora de nuevas aventuras. Menos en un año electoral en el que el presidente saliente, Barack Obama, no tiene la certeza de ser reelegido. Y cuando todos los recursos están siendo movilizados para combatir la crisis y reducir el desempleo.
Por otra parte, Washington está tratando de cambiar su imagen en el mundo árabe-musulmán, sobre todo después de las insurrecciones de la “primavera árabe” del año pasado. De cómplice de dictadores –en particular del tunecino Zine el Abidine Ben Ali y del egipcio Hosni Mubarak–, desea ahora aparecer como mecenas de las nuevas democracias árabes. Una agresión militar contra Irán, en colaboración además con Israel, arruinaría esos esfuerzos y despertaría el antinorteamericanismo latente en muchos países. Sobre todo en aquellos cuyos nuevos gobiernos, precisamente surgidos de las revueltas populares, están dirigidos por islamistas moderados.
Una importante consideración complementaria: el ataque contra Irán tendría consecuencias no sólo militares (no se puede descartar que algunos misiles balísticos iraníes alcancen el territorio israelí o consigan golpear las bases estadounidenses de Kuwait, Bahrein u Omán) sino, sobre todo, económicas. La réplica mínima de Irán a un bombardeo de sus sitios nucleares consistiría, como sus responsables militares no cesan de prevenir, en el bloqueo del estrecho de Ormuz. Cerrojo del Golfo Pérsico, por él pasa un tercio del petróleo del mundo y unos 17 millones de barriles de crudo cada día. Sin ese aprovisionamiento, los precios de los hidrocarburos alcanzarían niveles insoportables, lo cual impediría la reactivación de la economía mundial y la salida de la recesión.
El Estado Mayor iraní afirma que “nada es más fácil de cerrar que ese estrecho”, y multiplica las maniobras navales en la zona para demostrar que está en condiciones de llevar a cabo sus amenazas. Washington ha respondido que el bloqueo de la vía estratégica de Ormuz sería considerado como una “causa de guerra”, y ha reforzado su V Flota, que navega por el Golfo.
Es muy improbable que Irán tome la iniciativa de ocluir el paso de Ormuz (aunque siempre podría intentarlo en represalias a una agresión). En primer lugar porque se daría un tiro en un pie, ya que exporta su propio petróleo por esa vía, y los recursos de esas exportaciones le son vitales. En segundo lugar, porque dañaría a algunos de sus principales socios, quienes lo apoyan en su conflicto con Estados Unidos. Fundamentalmente China, cuyas importaciones de petróleo, que alcanzan un 15%, proceden de Irán; su eventual interrupción paralizaría parte de su aparato productivo.
Las tensiones están pues al rojo vivo. Las cancillerías del mundo observan minuto a minuto una peligrosa escalada que puede desembocar en un gran conflicto regional. Se verían implicados en él no sólo Israel, Estados Unidos e Irán, sino también tres otras potencias de Medio Oriente: Turquía, cuyas ambiciones en la región vuelven a ser considerables; Arabia Saudita, que sueña desde hace decenios con ver destruido a su gran rival islámico chiita; e Irak, que podría romperse en dos partes, una chiita proiraní, y otra sunnita prooccidental.
Asimismo, un bombardeo de los sitios nucleares iraníes causaría una nube radiactiva nefasta para la salud de todas las poblaciones de la zona (incluidos los miles de militares estadounidenses y los habitantes de Israel). Todo ello conduce a pensar que si los belicistas están alzando con fuerza la voz, el tiempo de la diplomacia aún no ha terminado.
* Director de Le Monde diplomatique, edición española.

lunes, 13 de febrero de 2012

Relaciones peligrosas


LOS VÍNCULOS ENTRE CLARÍN Y EL PODER POLÍTICO


Por Graciela Mochkofsky*

Desde sus inicios, pero sobre todo desde la creación de Papel Prensa, Clarín fue ganando peso económico e influencia política a través de relaciones de presión con los diferentes gobiernos. Hoy, en pleno debate por la intervención de Cablevisión y la ley que regula la producción de papel de diario, esa forma de construir poder está en crisis.


a urgencia con que el nuevo Congreso, dominado por el kirchnerismo en su tercer período de gobierno, sancionó la ley sobre Papel Prensa; su coincidencia con la intervención judicial a Cablevisión, y otras escaramuzas recientes contra el Grupo Clarín confirman no sólo que esa guerra continúa sino que un modelo de relación entre prensa y poder político parece agotado.
Éste es un modelo repetido en diversos países a lo largo de la historia de los medios de comunicación en manos privadas; basta pensar en el ejemplo contemporáneo del imperio Murdoch en Gran Bretaña. Consiste en quebrar clandestinamente las reglas no escritas del juego, según las cuales los medios obtienen y transmiten información con sus mejores esfuerzos y de forma honesta (es decir, no sometida a influencias interesadas), y establecer en su lugar negociaciones tras bambalinas con los poderes económicos, sociales o políticos –en la Argentina, típicamente, el gobierno de turno, pero no en forma exclusiva–, en las que el medio ofrece cierto control sobre la información que brinda a su audiencia a cambio de beneficios económicos o estratégicos. Es un modelo que se retroalimenta: cuanto más crece el medio en términos económicos y estratégicos gracias a estas ventajas obtenidas por la puerta trasera, mayores son su peso y su capacidad de poner condiciones a los demás actores relevantes, sean los específicos de la industria (avisadores, distribuidores, fuentes de información, incluso competidores) o, cada vez más, aquellos que pueden concederle esas ventajas (otra vez, típicamente, el gobierno).
Con la aplicación de este “modelo”, que imperó durante al menos los últimos treinta años en el país, Clarín –no el único medio o periodista que lo practicó, pero sí el que lo hizo más decidida y eficientemente–, se convirtió no sólo en uno de los principales grupos económicos, sino en uno de los virtuales factores de poder del país, lo que fue, desde siempre, uno de sus objetivos.
La desmesura de este propósito –que a quienes conducen Clarín les parece natural: Héctor Magnetto ha dicho en privado, con fastidio y sensación de incomprensión, que por lo mismo que en otros países se aplaude como habilidad empresarial “aquí te critican porque te querés quedar con todo”– tiene un comienzo, un desarrollo y, ahora, posiblemente un final.

Comienzo

La creación de la sociedad Papel Prensa, a instancias de la Junta militar (1976-1983), fue el primer paso hacia el multimedios que hoy se engloba bajo el nombre Clarín. El acuerdo del régimen con tres diarios (Clarín, La Nación y La Razón) para compartir la propiedad de la planta papelera dio a estos una posición enormemente ventajosa sobre su competencia. A Clarín le permitió, durante tres décadas, beneficiarse con un precio más bajo (era el mayor consumidor, por su gran tirada) y la cantidad que quisiera de papel, insumo esencial y uno de los factores de mayor peso sobre las finanzas de un diario, y controlar además el precio y los cupos que obtenían los demás diarios, para los que importar del exterior era muchas veces imposible por falta de avales y de dinero. Con Papel Prensa, Clarín ya no dependería de cupos de importación ni de los vaivenes del tipo de cambio, como les había ocurrido (a todos) hasta entonces.
Papel Prensa fue la primera fábrica de papel de diario nacional. Fue también el primer acto empresarial del joven Magnetto, que logró ganarse la confianza de la dueña, Ernestina Herrera de Noble, al triunfar este proyecto. Seis años después era el hombre fuerte de Clarín, secundando a la viuda.
Testimonios de protagonistas fundamentales del acuerdo, que son parte de mi libro Pecado Original. Clarín, los Kirchner y la lucha por el poder, revelaron que la venta de Papel Prensa a los diarios fue una iniciativa de la Junta militar. Después de este acuerdo, pero también antes, Clarín fue acrítico de la dictadura que utilizaba el terror contra un sector amplio de la población; sólo se permitió disentir –primero tímida, luego más enfáticamente– con el plan económico liberal de Martínez de Hoz. Nada dijo de lo demás –excepto para expresar su apoyo– hasta que los militares ya estaban de salida.
Con Raúl Alfonsín, el primer presidente constitucional tras medio siglo de golpes militares y proscripciones, la relación fue más tensa. Clarín quería de él tres cosas: la derogación del inciso “e” del artículo 45 de la Ley de Radiodifusión aprobada por la dictadura, que impedía a una empresa dueña de un diario poseer a la vez una licencia de radio o de televisión; allanado este obstáculo, quería las licencias, respectivamente, de una estación de radio y de un canal de televisión.
Clarín pidió esto a Alfonsín una y otra vez, y, al no obtenerlo, lo presionó de todos los modos que pudo: públicamente, desde el diario y desde asociaciones empresarias que controlaba; en privado, en reuniones con miembros del gobierno, incluso en los desayunos y comidas anuales con el Presidente. Y, por supuesto, con el sesgo de la información que publicaba.
Varias escenas de esos años, ya olvidadas por la mayoría de quienes las vivieron, son sorprendentemente similares a otras actuales. Alfonsín condenó a Clarín públicamente por jugar un rol de “opositor” a su gobierno; amenazó con impulsar en el Congreso un proyecto de ley de medios (de hecho, presentó un proyecto que creaba un Consejo Nacional de Radiodifusión, según el cual los dueños de medios gráficos podrían acceder a licencias de radio y televisión “si se resguarda la libertad de expresión o el pluralismo infomativo en la zona de cobertura”, al que Clarín se opuso y que no fue aprobado); envió a un grupo de inspectores de la Dirección General Impositiva, predecesora de la actual AFIP, a instalarse en Clarín y revisar cada transacción y documento –el grupo permaneció en el periódico… durante tres años–. Magnetto llegó a denunciar que agentes de la SIDE seguían sus movimientos (era cierto). En respuesta, el diario hizo coberturas ferozmente opositoras (no sólo críticas), en especial a partir de 1987. Alfonsín interpretó la cobertura de la crisis económica y social que estalló en 1987 como parte de una maniobra destituyente.

Desarrollo

Clarín no logró lo que quería de Alfonsín. Decidió adquirir Radio Mitre mediante testaferros y no obtuvo Canal 13, que siguió en manos del Estado. En 1988, Magnetto habló con el precandidato peronista Antonio Cafiero, quien accedió a que, si ganaba la presidencia, Clarín tendría un canal. Clarín, como contrapartida, lo apoyó decididamente en las elecciones internas de su partido. Para sorpresa de muchos, Cafiero perdió ante Carlos Menem, el pintoresco gobernador de La Rioja al que muy pocos –y Magnetto no estaba entre ellos– se habían tomado en serio hasta ese momento.
En este punto, Magnetto decidió asegurarse y se dirigió a todos los candidatos que competirían en las presidenciales del 89 para comunicarles los deseos de Clarín. Menem, persuadido por dos de sus principales asesores, su hermano Eduardo y el mendocino Eduardo Bauzá, de que le convenía tener a la prensa de su lado, envió a Clarín la promesa de que, si ganaba las presidenciales, derogaría el artículo 45 y privatizaría los canales y radios estatales. El 14 de mayo de 1989, en medio de hiperinflación, saqueos populares a comercios y supermercados y caos financiero, Menem ganó las elecciones anticipadas con el 47 por ciento de los votos. El 12 de junio, invitó a Magnetto a su residencia de gobernador en La Rioja. Sin rodeos, le confirmó que privatizaría los canales; le interesaba que Clarín participara.
Esa noche, con la moneda en caída libre, estado de sitio y un nivel récord de pobreza, el presidente comunicó al país su dramática renuncia. Era el peor momento de la joven democracia, y el comienzo de una era dorada para Clarín.
Durante las dos presidencias de Menem, Clarín se convirtió en el multimedios que es hoy. Compró Canal 13, blanqueó la propiedad de Radio Mitre, construyó Multicanal con la adquisición de cientos de canales de cable de todo el país, se convirtió en el dueño exclusivo de la transmisión por TV de los partidos de fútbol de Primera División, entre otras empresas –de telefonía celular, espectáculos, etc.–. Se convirtió en un eficaz lobista ante el Congreso, la justicia, la clase política.
En 1992, cuando le preguntaron si se arrepentía de algo, a Menem sólo le vino a la mente haber permitido, con la derogación del artículo 45, que Clarín se convirtiera en multimedios. Para entonces, Menem veía a Clarín no sólo como un adversario político, sino como un grupo de desagradecidos; había confiado en que, a cambio de aquella medida, el diario se mantuviera como su aliado. Pero Clarín –que había adquirido una nueva fuerza, que le permitía sentarse a la mesa de negociaciones con otro peso– pasó de un tibio apoyo a una cobertura crecientemente crítica, en especial de la política económica y de la corrupción, en buena parte impulsado por el éxito de Página/12, un competidor inesperado, independiente y todavía pequeño pero en rápido crecimiento, que, sin atenerse al “modelo”, había inaugurado en esta etapa las investigaciones sobre negociados con fondos públicos.
Cuando advirtió el cambio, Menem decidió combatir a Clarín con la implacable lógica del mercado, que era la marca de su gobierno: alentó la competencia. Impulsó el crecimiento del CEI, improvisado grupo económico que se lanzó a comprar canales de TV y radios nacionales y del interior. Por un momento –aterrador para la cúpula de Clarín–, llegó a ser el más grande del país. Pero su avance se detuvo tan súbitamente como había arrancado, al deshacerse la ilusión de un tercer gobierno consecutivo de Menem, proyecto al que estaba inextricablemente ligado.
Durante el medio mandato de Fernando de la Rúa, no hubo tiempo para mucho. Clarín obtuvo algunos beneficios por los que presionó –ventajas impositivas, la desregulación de la venta de diarios y revistas, entre otros—, pero no llegó a conseguir lo que más le importaba: nuevas repetidoras para multiplicar el alcance de Canal 13. Como al resto de los dirigentes políticos, a los delarruistas les molestaba la prepotencia de los ejecutivos y lobistas de Clarín, que llegaron a enviarles con un motociclista, un viernes por la tarde, el texto del decreto que querían que el Presidente firmara.
La crisis de diciembre de 2001 amenazó con devorar a Clarín. Para sobrevivir mientras renegociaba su deuda en dólares con acreedores externos, logró –con un lobby “intenso”, según admitió uno de los negociadores del grupo– que el presidente interino Eduardo Duhalde y legisladores del oficialismo y la oposición en el Congreso sancionaran una ley de cram down, que impedía que acreedores externos se quedaran con empresas argentinas declaradas en quiebra. La ley fue derogada por presión del FMI, pero Clarín logró que se sancionara otra con el mismo objetivo –llamada “de bienes culturales”–, aun más a su medida que la anterior.

Final

Con la excepción de esta presidencia de transición, la lucha de poder entre Clarín y los gobiernos democráticos había transitado un crescendo. Con Néstor Kirchner, alcanzó su apoteosis.
Pero no de inmediato. Kirchner llegó al gobierno con un apoyo social minúsculo. Enseguida trazó una línea entre aliados y enemigos en la prensa: concedió a unos el acceso a la información y primicias, y retribuyó a los otros con silencio informativo y una confrontación pública en la que los señaló como opositores políticos. Desde el momento inaugural de su mandato, el adversario fue La Nación, que quedó excluido del plan informativo del gobierno –de por sí, tremendamente restrictivo–. Al mismo tiempo, Kirchner eligió a Clarín como aliado. Como sus predecesores, Kirchner creía que el “buen trato” a Clarín le garantizaría su apoyo.
Pero Kirchner fue más lejos: se fascinó genuinamente con Magnetto. Había entre ellos un entendimiento natural. Durante cuatro años se reunieron –almuerzos en Olivos, cafés en Casa de Gobierno–, compartieron ideas sobre el país y hablaron de negocios. Clarín apoyó las principales medidas del Gobierno y –casi hasta el final del período– se abstuvo de criticarlo en todo lo significativo. Magnetto obtuvo de Kirchner, entre otras cosas, la aprobación para la fusión de Multicanal y Cablevisión y la promesa de la adquisición de una parte de Telecom.
Cristina Kirchner no llevaba cien días en el gobierno cuando se produjo la ruptura, por razones que detallo en Pecado Original. Clarín se alineó con la llamada protesta “del campo”; en respuesta, los Kirchner abrieron un frente de batalla tras otro, apuntaron a dañar a Clarín en sus negocios e intereses directos: le quitaron la exclusividad de la transmisión de los partidos de fútbol, impulsaron una nueva ley de medios que ataca la concentración de propiedades de Clarín, declararon caduca la licencia de Fibertel, enviaron al diario un batallón de agentes de la AFIP, etc. Hasta intentaron meter preso a Magnetto, acusándolo de haber participado del secuestro y torturas de la familia Graiver, a la que los diarios y la dictadura compraron (quitaron, según la denuncia) Papel Prensa. En medio de los mandobles, sin embargo, Néstor Kirchner intentó varias veces negociar una tregua. En vano.
Ésta era la situación cuando Kirchner murió súbitamente. Parecía que Clarín había ganado: el día de luto nacional la Bolsa premió al Grupo con una suba espectacular del 49% en sus acciones. En el año subsiguiente, la mayoría de las demandas contra Clarín fueron demoradas en los tribunales y la Presidenta bajó el tono del enfrentamiento público.
Pero aquella celebración anticipada fue un error. Porque, mientras su marido mantuvo abierta siempre la esperanza de una reconciliación, la Presidenta jamás compartió su entusiasmo por el Grupo. “Ustedes son unos tarados que creen en Clarín”, reprochó alguna vez en privado a su marido y a su entonces jefe de Gabinete, Alberto Fernández. Forzada a participar de comidas con representantes de la empresa en Olivos, se atuvo siempre a un rol estrictamente protocolar. La muerte de su marido no ha hecho sino añadir un cariz todavía más personal al enfrentamiento.
Antes de que se cumpliera un mes de su segundo mandato, la Presidenta logró (sin dificultad, con un Congreso abrumadoramente favorable) la sanción de la nueva ley sobre Papel Prensa. No cabe duda sobre su intención: dañar a Clarín, quitándole el control sobre la producción de papel de diario. La ley declara de interés público la producción de este insumo, ordena la distribución equitativa entre todos los periódicos del país, prevé una mayor participación accionaria del Estado en la papelera y un aumento de la producción hasta que llegue a abastecer toda la demanda nacional.
Los críticos de la ley sostienen que en su espíritu se esconde la decisión de prohibir o limitar la importación de papel cuando se llegue al punto de autoabastecimiento. Es posible; sería compatible con el programa de sustitución de importaciones que lleva adelante el gobierno en otras áreas, y el Ministerio de Economía ya fijó la cantidad de papel que deberá ser importado en 2012 (20.000 toneladas). Los voceros del Grupo Clarín y de La Nación aseguran además que la nueva ley sería peligrosa en manos de una dictadura o de un gobierno autoritario, porque le daría el control sobre el insumo básico de un diario, con el que podría ahogar las voces críticas. El problema con este argumento, en el contexto actual, es que la situación que se quiere preservar es la que creó la última dictadura, de la que los accionistas privados de Papel Prensa no fueron críticos, sino socios.
La intervención de un juez mendocino en Cablevisión, a pedido del grupo de medios Vila-Manzano –antes enfrentado con el kirchnerismo, ahora aliado–, parece una ofensiva destinada a lograr por otros medios lo que un amparo judicial contra la ley de medios por ahora impide: que Clarín se deshaga de muchas de sus empresas, en especial las de la TV por cable, que son, con mucho, la principal fuente de ganancia del grupo.
Poco después del triunfo de Cristina en las primarias de agosto, que prenunció su cómoda reelección de octubre, un ejecutivo de Clarín me confió, con profundas ojeras, que esperaban lo peor: la enemistad de la Presidenta sólo había crecido y nadie veía una salida negociada. La pelea por la supervivencia sería cruenta. ¿Cómo resistir cuatro años más?
La respuesta parece descansar más en las decisiones que tomen los accionistas de Clarín que en un improbable cambio de posición del Gobierno, que parece haber aprendido, al cabo de la experiencia de treinta años de democracia y de sus propias peripecias, que el juego de la concesión y el chantaje sólo beneficia al Grupo. Clarín ha visto disminuir su prestigio, su dinero y su influencia. ¿Cambiará para sobrevivir? ¿Aceptará lo que parece el resultado claro del enfrentamiento: que el modelo en que basó durante décadas su relación con el poder político ha terminado?
Tal vez los actuales dueños –Ernestina Herrera de Noble, Héctor Magnetto y, en porcentajes más pequeños, José Aranda y Lucio Pagliaro– ya no puedan o no quieran retroceder. Entonces, será tarea de la siguiente generación –sobre todo de Marcela y Felipe Noble, que han estado en el centro de la controversia con el Gobierno– descubrir un nuevo modelo de crecimiento, o supervivencia, para Clarín.
* Periodista, codirectora de www.elpuercoespin.com.ar. Su último libro es Pecado original. Clarín, los Kirchner y la lucha por el poder, Planeta, Buenos Aires, 2011.

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