domingo, 11 de marzo de 2012

Los sindicatos movilizan a miles de personas contra la reforma laboral de Rajoy


  • Advierten de que la huelga sería el principio de otras protestas
  • Méndez subraya que la 'regresión' de la reforma es 'para toda la vida'
  • Toxo avisa de que el 29-M 'no será de un tono menor'
  • Miles de ciudadanos protestan en BarcelonaValencia y otras ciudades


Las calles de Madrid y de otras tantas ciudades españolas se han vuelto a llenar por segunda vez contra la reforma laboral aprobada por el Gobierno. Con estas manifestaciones, los sindicatos CCOO y UGT exhiben su fuerza de cara a la huelga general convocada para el 29 de marzo y cuya movilización ha comenzado ya. Si no hay un cambio "sustancial" -han advertido- seguirán las movilizaciones en una advertencia de que el conflicto podría enquistarse en la calle. La protesta central se ha desarrollado en Madrid y se ha celebrado en unas 60 ciudades. También han sido muy numerosas las marchas de BarcelonaSevilla, Málaga y Valencia
Con la huelga general encima de la mesa y en boca de todos, la multitudinaria afluencia de hoy sirve de termómetro para medir el ambiente y la repercusión que tendría la convocatoria. No obstante, los líderes de CCOO, Ignacio Fernández Toxo, y UGT, Cándido Méndez, han lanzando el guante al Gobierno: aún hay tiempo para negociar y desactivar la convocatoria.
Sin embargo, el 29-M no es el "final" del conflicto en la calle. Si no hay una modificación sustancial, algo que el Ejecutivo ha repetido varias veces que no hará, los sindicatos advierten de prolongar sus propuestas más allá porque la ley es un "chantaje". Así, han avisado al Gobierno de que la huelga no es un "trago" que se pasa ese día, sino que supondría un punto más en una escalada de movilizaciones.
Bajo el lema "No a la reforma laboral inútil e ineficaz, defiende tus derechos y los servicios públicos", la marcha de Madrid ha reunido a decenas de miles de personas en un ambiente reivindicativo y lleno de color que ha culminado con los discursos de los dirigentes sindicales. Estos han cifrado la movilización de las diferentes protestas del país en un millón y medio de personas.
La Dirección General de la Policía ha cifrado en 30.000 el número de manifestantes en Madrid. Le siguen en número de personas Málaga (15.000 personas), Sevilla (15.000) y Barcelona (14.000).

'Que mire a Italia y Grecia'

En sus intervenciones tras la marcha y en una rueda de prensa previa, Toxo ha subrayado que el Gobierno está atizando el conflicto social y ha mostrado su confianza en que le quede un punto de cordura y atienda el rechazo mayoritario de la sociedad. "No vamos a permitir que acaben con todo", ha proclamado
Toxo ha dicho al Gobierno que no confíe en que el miedo vaya a atenazar a la gente "porque la huelga no será de un tono menor". En su opinión, el crédito y la legitimidad se logran y se pierden, "y hay procesos que aceleran la pérdida de credibilidad entre la sociedad".
Toxo ha avisado a Rajoy de que el crédito "no es para siempre" y que mire a Italia y Grecia, "no vaya a pasarle lo mismo", en alusión a la caída de sus gobernantes.

'Para toda la vida'

Por su parte, Méndez ha criticado que algunos simplifiquen mucho la realidad y se limiten a decir que la huelga y las manifestaciones son una confrontación entre los sindicatos y el Gobierno, "cuandolos sindicatos son el dedo democrático y constitucional que señala los gravísimos problemas que supone la reforma laboral".
Méndez ha subrayado que la reforma laboral causa una "profunda regresión social" en el país que no se podrá recuperar. Va más allá de la crisis , ha dicho, "será para toda la vida".
Para alentar la participación de los ciudadanos en la cita del 29-M, ha dicho que "sólo hay que tener miedo al propio miedo" y ha criticado al Gobierno por hacer un "aprovechamiento inmoral" de la situación actual.

La fecha de la polémica

No ajenos a la polémica, Toxo y Méndez han comenzado sus discursos haciendo alusión a las víctimas de los atentados del 11-M y la polémica creada por la coincidencia del aniversario con la marcha de hoy.
El líder de CCOO ha criticado al Gobierno por haberles instado a modificar su convocatoria cuando el Ejecutivo no ha hecho ningún acto institucional de recuerdo. "La derecha no tiene el monopolio del dolor", ha proclamado.
"Aquí hay mucha gente honrando a las víctimas", ha enfatizadoMéndez. Para el dirigente de UGT decir que los sindicatos no honran a las víctimas al convocar la manifestación de hoy forma parte de la "historia general de la infamia" porque "jamás el ejercicio de un derecho puede ser una afrenta contra las víctimas del terrorismo".
En el acto también han participado los secretarios generales de UGT Madrid, José Ricardo Martínez, y de CCOO Madrid, Javier López. Martínez ha dicho que los sindicatos se solidarizan con "todos" los muertos y heridos de todas las familias y ha precisado que "eso no lo pueden decir otros que sólo apoyan unos muertos y unos heridos". Los sindicatos "no aceptamos la manipulación ni olvidamos", ha recalcado Martínez y ha dirigido un mensaje "a quienes mintieron y manipularon" el 11-M de 2004 que "estaban más preocupados de su futuro político que de las víctimas".

El PSOE, representado

El PSOE ha estado representado por su portavoz en el Congreso,Soraya Rodríguez, y otros miembros de la Ejecutiva, así como el líder de los socialistas madrileños, Tomás Gómez, o el portavoz en el Ayuntamiento de Madrid, Jaime Lissavetzky.
Sobre huelga general, Rodríguez ha subrayado que hasta el 29 de marzo "hay mucho tiempo" para que el Gobierno pueda desconvocarla y ha expresado su confianza en que el Ejecutivo escuche la voz de la calle y paralice la convocatoria. La portavoz socialista ha insistido en que se trata de una "reforma sumamente desequilibrada" a favor del empresario y, con ella, "prácticamente todo es posible en la empresa con la sola voluntad del empresario". Además, ha advertido de que la negociación colectiva está "herida de muerte".
Entre los que secundan la marcha y la futura huelga está el coordinador federal de IU, Cayo Lara, quien ha instado a Rajoy a negociar con partidos y sindicatos. En este sentido, ha comentado que "las movilizaciones previas son la toma de conciencia de la gente con el fondo del problema" y ha avanzado que, si se tiene que producir, "la huelga será un éxito".

Una corte militar absuelve al egipcio acusado de hacer test de "virginidad"


El tribunal cree que no hay pruebas concluyentes de que se llegaran a practicar

Un tribunal civil prohibió en diciembre la realización de este tipo de torturas



Un tribunal militar ha absuelto al médico acusado de practicar “pruebas de virginidad” forzadas a más de una decena de activistas arrestadas hace un año en los aledaños de la Plaza Tahrir de El Cairo (Egipto). La corte justificó su veredicto en la existencia de “contradicciones” en las declaraciones de los testigos de los hechos. Según la agencia oficial de noticias MENA, el juez ha asegurado no sufrido "presiones”, y que su sentencia deriva de “lo que se ha probado en los documentos" y "conciencia”.
El doctor Ahmed Adel había sido demandado por Samira Ibrahim, una de las activistas arrestadas en un caso que adquirió una gran difusión internacional al ser una de las primeras muestras de abusos contra los derechos humanos de la Junta Militar que asumió el poder tras la renuncia de Hosni Mubarak. “Nadie ha violado mi honor, es el honor de Egipto el que ha sido violado. Y pienso continuar hasta el final para conseguir sus derechos”, ha escrito Ibrahim en su cuenta de Twitter poco después de conocer el veredicto. Esta joven y osada activista, que salió airada del tribunal sin hacer declaraciones a la prensa, se ha convertido en todo un icono para el movimiento feminista egipcio.
Su derrota en la justicia militar contrasta con la victoria que obtuvo en la civil, pues un tribunal administrativo concluyó el pasado mes de diciembre que las pruebas de virginidad forzadas constituían una violación de la privacidad de las ciudadanas, y prohibía a las autoridades volver a realizarlas en el futuro. Sin embargo, la corte no tenían potestad para imponer un castigo a los responsables de haber practicado las pruebas.
“Desde este inaceptable episodio, que no constituye otra cosa que tortura, las mujeres manifestantes han sufrido de forma repetida palizas, torturas, y otras formas de maltrato a manos del Ejército egipcio y las fuerzas de seguridad ... [La sentencia] Es una muestra que los derechos de las mujeres no son importantes en Egipto”, afirmó Hassiba Hadj Sahraoui, vicedirectora de Amnistía Internacional en el Norte de África.
Fuentes militares justificaron meses atrás la realización de las pruebas argumentando que con ellas se pretendían evitar falsas denuncias de violaciones en las cárceles
De acuerdo con el veredicto del juez, no existen pruebas concluyentes de que los test de virginidad se llegaran a practicar. Sin embargo, fuentes militares de alto rango justificaron meses atrás la realización de las pruebas argumentando que con ellas se pretendían evitar falsas denuncias de violaciones en las cárceles, reconociendo de forma explícita su existencia. Según las versiones de varias activistas, que fueron detenidas el 9 de marzo del año pasado cuando las fuerzas del orden desalojaron de forma brutal una concentración en la Plaza Tahrir, en los cuarteles les golpearon, aplicaron descargas eléctricas, y les obligaron a desnudarse en presencia de soldados que se mofaban de ellas, y les realizaban fotografías.
La sentencia llega en un momento en el que la independencia del poder judicial está en entredicho después del levantamiento de la prohibición de salir del país a una quincena de extranjeros procesados por haber violado la ley relativa a las ONG, y de la absolución durante las últimas semanas de varios policías acusados de asesinar a manifestantes durante la revolución. Hasta la fecha, ningún miembro de las fuerzas de seguridad ha sido condenado por la muerte de las más de 800 personas caídas en la rebelión popular que destronó a Mubarak.

Siria se ha convertido en una cárcel


Menos de 30.000 civiles han logrado escapar del país

El control sobre la vigilancia de las familias de los oficiales impide la desintegración del Ejército


“Necesito un arma”, dice Tamer. Él y sus nueve compañeros, desertores del Ejército sirio, matan el tiempo junto al riachuelo que separa Líbano de Siria. Es apenas un hilo de agua, pero al otro lado hay cientos de minas y unos cuantos tanques. El pequeño puente está en el punto de mira de los francotiradores sirios, pero los combatientes entran y salen con relativa facilidad por pasos de montaña. Tamer y sus compañeros esperan conseguir armas para sumarse al Ejército Libre. “No tardaremos en marchar sobre Damasco”, afirma.
El relato de Tamer, corroborado por muchos otros testimonios, como el de Ahmed Hamad Abu Berry, que convalece en un hospital de Trípoli de las heridas sufridas en Bab Amro, revela que el Ejército sirio dejó hace tiempo de ser realmente operativo. “Los propios oficiales nos permitieron irnos”, explica el joven desertor, “en cuanto tuvimos nuestras familias a salvo”. Tamer es relativamente afortunado porque nació cerca de la frontera y sus familiares pudieron cruzar el puente hacia Mokaibli cuando aún estaba abierto. “Al saber de la seguridad de mis padres y hermanos, hablé con mi teniente, suní como yo. Estábamos en Daraa, en el sur, y una noche nos aconsejó que diéramos un paseo y no volviéramos. Solo nos prohibió llevarnos los fusiles, porque eso le habría acarreado represalias”. El teniente tuvo que quedarse porque temía por su familia.
Siria se ha convertido en una cárcel. Eso explica que sean pocos, entre 20.000 y 30.000, los ciudadanos que han conseguido refugiarse en el país vecino. La población civil esta encerrada en un país que se hunde en el horror. “Las unidades alauíes más fieles al régimen se reparten entre el frente y la retaguardia, donde vigilan a las familias de los oficiales y los altos mandos: esa vigilancia es la que impide, por el momento, la desintegración del Ejército", asegura el muchacho.
Wadi Jalid, el conjunto de aldeas que incluye Mokaibli, constituye una lengua de territorio libanés rodeada por Siria. Es un valle de agricultores y ganaderos en el que nunca existieron realmente fronteras. Hasta ahora. Las casas próximas al riachuelo muestran las marcas de los disparos, cada vez más habituales. “Las tropas sirias nos tirotean casi cada noche para recordarnos que esto no es un refugio seguro, que en cualquier momento pueden venir y acabar con nosotros", comenta Ahmed, otro miembro del grupo de desertores. La tía de Tamer intentó cruzar hace un par de semanas. Murió por el disparo de un francotirador. Un soldado libanés que intentó rescatar el cadáver recibió un tiro en una pierna.
Líbano intenta permanecer al margen del conflicto sirio, por miedo al contagio y a la reaparición de la guerra civil entre grupos religiosos y políticos que durante 15 años devastó el país. Pero los esfuerzos del Gobierno, sobre el que el partido-milicia Hezbolá, aliado del régimen sirio, ejerce una influencia decisiva, no bastan. El norte de Líbano ya funciona como base de retaguardia de las fuerzas de oposición. Basta visitar el hospital Dar el Chifae, en Trípoli, para comprobarlo. Decenas de milicianos que combatieron en Bab Amro, el barrio de Homs devastado la semana pasada por el Ejército del presidente Bachar el Asad, convalecen de sus heridas o pasean por los pasillos del centro. Ahmed Hamad, nombre de guerra del emir del grupo (una denominación de clara inspiración islámica), tiene 29 años y antes de la crisis trabajaba como obrero y maestro en una escuela islámica. Está casado con tres mujeres y tiene cinco hijos. Se ocupaba del hospital de campaña de Bab Amro hasta ser herido en una pierna, el día antes de la caída del barrio. “Vuelvo a Siria dentro de dos días, cojo pero con muchos ánimos, para coordinar el asalto a una ciudad”, anuncia.
Aunque no puede revelar su objetivo, sí afirma que el Ejército Libre y los grupos de milicianos independientes que combaten contra el régimen reciben “muy poca ayuda de extranjeros pero mucha ayuda de hombres de negocios sirios, en el exterior y en el interior”. Ahmed Hamad recibe y atiende continuamente visitas. Ahora saluda con efusión a un jeque kuwaití y a un religioso suní libanés, pertenecientes al grupo que sufraga su tratamiento hospitalario. Les comenta que la caída de Homs es “solamente una batalla perdida en una guerra que ya está ganada”. Según Ahmed Hamad, que viste un pijama azul de Zara y luce una enorme sonrisa sobre una barba de corte islámico, “el régimen se derrumba desde dentro”. “Hace un año, ¿quién podía imaginar una manifestación multitudinaria contra El Asad en el barrio de Damasco donde viven los diplomáticos extranjeros? ¿Quién podía imaginar que las ciudades se sublevaran una tras otra? ¿Y tantas deserciones de militares?”.
La oposición al régimen sufre profundas divisiones. Los militares desertores que componen el Ejército Libre mantienen una pugna constante con las milicias independientes y con los grupos islamistas que ganan autoridad moral día a día. El Consejo Nacional Sirio, un remedo de Gobierno en el exilio, apenas es tenido en cuenta por los combatientes. Lo que más valoran los refugiados sirios en Líbano, y los sirios que esperan la oportunidad de huir, es la ayuda material de los Hermanos Musulmanes. La organización islamista, protagonista indiscutible de las revoluciones que sacuden el mundo árabe, financia a través de organizaciones interpuestas numerosos alojamientos colectivos en Wadi Jalid. Son en su mayoría escuelas, reconvertidas en residencias: cada aula es una vivienda. Las condiciones higiénicas no son espléndidas, pero hay agua corriente, gas, y antenas parabólicas que permiten seguir la programación de Al Yazira, la cadena catarí de noticias.
En una de las escuelas reconvertidas vive Jodaifa, un chico de 13 años al que el Ejército sirio detuvo durante tres días. Jodaifa muestra las uñas de los pies, que empiezan a reaparecer: se las arrancaron durante las sesiones de tortura. “No me preguntaban nada, solo me arrancaron las uñas y me aplicaron descargas eléctricas; cuando me soltaron me dijeron que debía contar a todo el mundo lo que ocurría a los chicos que participaban en manifestaciones”, dice. Cuando se le pregunta si tiene amigos alauíes (la secta vinculada al chiismo a la que pertenece Bachar el Asad y la élite del régimen), Jodaifa murmura que tenía uno, Ali. “Pero ya no quiero saber nada de él, pertenece a un régimen fascista”, masculla. El padre de Jodaifa interviene con rapidez para explicar que los hermanos mayores de Ali “son miembros de la shabiha, la milicia irregular del régimen”, y que eso explica el odio del muchacho. “No tenemos nada contra los alauíes en general, algunos son buena gente”, precisa.
En las escuelas-residencia viven también falsos refugiados. Hombres que cruzan por la noche los pasos de montaña, recogen armamento oculto en territorio sirio, realizan una operación de hostigamiento o sabotaje contra el Ejército o las infraestructuras sirias, y vuelven a pasar clandestinamente la frontera unos días después. “Acabamos de recibir armas procedentes de Libia a través del puerto libanés de Trípoli y ahora estamos introduciéndolas en territorio sirio, es una tarea lenta y peligrosa”, explica un hombre que prefiere mantener un completo anonimato. “Tenemos poco armamento”, sigue, “pero nuestro arsenal crece. Ya sabemos que el resto del mundo no nos ayudará y que tendremos que arreglárnoslas solos. Da igual. Bachar tiene los días contados. El futuro de Siria nos pertenece”.

Una nueva derecha en Hungría


TRANSICIÓN HACIA UN RÉGIMEN DE MERCADO

Por G. M. Tamás*

El gobierno de Viktor Orban adoptó un giro liberal que devastó de un plumazo el Estado de Bienestar y con él las conquistas sociales adquiridas durante el régimen comunista.


a atmósfera de miedo y desolación que reina en Hungría no es únicamente consecuencia de la crisis económica o de la política del gobierno de Viktor Orbán. También traduce la incapacidad de la república democrática –y del régimen liberal de mercado que la subyace– de crear un orden social más justo.
El contraste con la situación anterior a la caída del régimen comunista es sorprendente: por represivo que fuera, ese poder ofrecía una eficaz seguridad social, pleno empleo, una mejor política de salud pública, entretenimiento barato o gratuito, mejores condiciones materiales de vida. Todo esto se pagaba, sin duda, con el precio de la hipocresía, la censura, la falta de opciones para el consumidor y el conformismo. El régimen se definía como “socialista” o “comunista” pero en los hechos se trataba de un Estado de Bienestar, moral y culturalmente conservador. Este Estado introdujo, en una sociedad rural y arcaica, estándares de vida modernos, desde la red de saneamiento hasta la alfabetización, sin olvidar la liberación de los sometimientos del viejo mundo, en particular la sumisión a la aristocracia, sustituida por el poder de los funcionarios, militares y burócratas de un Estado autoritario. El “realismo socialista”, como se lo llamaba, reemplazó la mística nacionalista y religiosa por una filosofía positivista promotora de la ciencia y la tecnología.
El prejuicio, muy extendido en Occidente, que atribuye la falta de tradición democrática en Europa del Este a una inclinación natural de estos pueblos al servilismo es absurdo. La desconfianza largamente compartida hacia el liberalismo –hacia su forma de democracia representativa y de sociedad de mercado no igualitaria–, no necesariamente significa la adhesión a normas familiares, sexuales o educativas rígidas. Pero por rebeldes que sean los pueblos de Europa del Este, su transición hacia un régimen de mercado a la occidental fue nefasto para su modelo social. En Hungría, esto acarreó entre otras cosas, la desaparición de la mitad de los empleos en los dos años siguientes a la caída del bloque soviético. El país nunca se recuperó.
El Estado de Bienestar, que declaraba ser un orden igualitario fundado en el equilibrio entre trabajo y capital –gracias al movimiento obrero–, se desintegró. La reducción del impuesto al capital, la liberalización del comercio internacional y el desarrollo de las nuevas tecnologías ocasionaron una vertiginosa caída del salario real y del número de empleos. En un período en que ciertos sectores sociales hasta ese momento preservados eran desplazados al exterior del sistema, el Estado debería haber concentrado sus esfuerzos en aquellos que no lograban ganarse la vida dignamente: desocupados, inmigrantes, niños y personas mayores. Pero no fue así.
Al contrario, los individuos imposibilitados de trabajar empezaron a ser vistos como seres inferiores, toda ayuda pública como un abuso, un privilegio que se otorgaba a los inmigrantes ociosos, las madres solteras, los desocupados, los jubilados, los discapacitados, los funcionarios, estudiantes, artistas y otros intelectuales. Con la expulsión de inmigrantes se pretende demostrar que los excluidos del sistema son fundamentalmente –por no decir racialmente– extranjeros, y moralmente culpables.

El orden “natural” 

Mientras va empezando la lucha a muerte por recursos y servicios sociales cada vez más escasos, el poder presenta los motivos de esa contienda en términos de excelencia moral, aptitud biológica y superioridad intelectual. Sólo las personas jóvenes, diligentes y flexibles se juzgan dignas de consideración: rechazar esos criterios es rechazar el orden natural de las cosas. Los que no desean competir, o no son capaces de hacerlo, quedan sometidos a la coerción del Estado, e inclusive a la represión policial. Los opositores a esa política son acusados de utopistas, totalitarios, hombres y mujeres del pasado, contrarios a unas libertades que costó mucho conquistar.
Es en este terreno que se desarrolló la nueva mayoría de derecha. Detentadora de dos tercios de los escaños del Parlamento húngaro, ella tiene el poder de enmendar la Constitución, y hasta de escribir otra. El jefe de esta mayoría, Orbán, había sido un aplicador diligente y eficaz de las políticas del precedente gobierno liberal-socialista, impopular, impotente y corrupto al mismo tiempo. Apoyó el referéndum victorioso que lanzaron los sindicatos contra el arancel de ingreso a la universidad y contra el aumento de las tarifas de la salud (después volvió a introducir ambos sin la menor reacción de la gente). Durante su campaña, en 2010, no presentó ningún programa propiamente dicho. Mantuvo en secreto la mayor parte de las medidas que adoptó desde entonces.
Las leyes se votaron tan rápidamente que se hace difícil llevar la cuenta. El 23 de diciembre de 2011, en vísperas de las vacaciones parlamentarias, la mayoría hizo aprobar una ley que enmienda de una vez otras trescientas siete. El objetivo de este furor legislativo (en un solo día, siempre en diciembre, se aprobaron dieciséis leyes) es simple: primero, perpetuar el poder del partido mayoritario a través del nombramiento, por nueve o doce años, de los máximos colaboradores del Estado; después, reemplazar los órganos representativos por autoridades al servicio de la derecha y sus aliados del sector empresarial. Si bien la derecha ya controla el 93% de las asambleas locales, la mayoría de ellas serán sustituidas por administradores del gobierno, o sus poderes se verán sensiblemente reducidos. Gracias a múltiples artimañas, el personal de las cortes de justicia, de las agencias de evaluación del Estado, de los medios, las universidades, instituciones culturales, etc., será designado por el gobierno por tiempo indeterminado.
La nueva división en circunscripciones electorales garantiza al partido en el poder los dos tercios de los escaños con el 25% de los votos. El guardaespaldas personal de Orbán dirige la principal agencia de información. Con las nuevas disposiciones legales se vuelven imposibles las huelgas y los referéndums, y el artículo que preveía “un salario igual por un trabajo igual”, fue suprimido de la Constitución. Esta incluye en adelante diversas medidas que apuntan a impedir cualquier cambio, como un impuesto sobre el ingreso de tasa única (flat tax) del 16%.
La Unión Europea y la prensa liberal occidental, que hacen oír su indignación frente a los planteos de limitar la autonomía del Banco Central húngaro, nada dicen sobre las protestas de la Federación sindical europea contra una represiva legislación del trabajo. Los partidos comunistas y sus sucesores, es decir, los dos partidos socialistas de la oposición (Partido Socialista Húngaro, MSzP, y la Coalición Democrática), son etiquetados por la nueva Constitución de “organizaciones criminales”. La enseñanza pública se transforma en un sistema ultracompetitivo, controlado por la Iglesia católica. El embrión es considerado en adelante como un “ser humano desde el inicio del embarazo”. Se rebautizan las calles que llevan los nombres de los mártires antifascistas o inclusive del presidente estadounidense Franklin Roosevelt, en tanto se inaugura una nueva estatua a la gloria de Ronald Reagan.
Algunas medidas del gobierno de derecha –la nacionalización de los fondos de pensión privados, los impuestos especiales que se cobran a algunos bancos extranjeros y a ciertas cadenas de gran distribución como Tesco, o la conversión parcial a florines húngaros de las deudas inmobiliarias expresadas en divisas extranjeras– suscitaron en el Oeste la cólera de los círculos financieros. En realidad, son formuladas de manera tal que solo benefician a algunas franjas de las clases medias superiores.

Elogio de la acción

Lo que Orbán tiene en mente es una forma de renacimiento nacional. No sólo una grandeza restaurada, sino también prosperidad económica y rehabilitación de un Estado que él percibe, no sin razón, como una institución ineficaz que ya nadie respeta. Ve en una clase media vasta y fuerte, emprendedora, valiente, disciplinada, la columna vertebral del país. Todas las reformas fiscales y todos los subsidios están al servicio de ese grupo social preponderantemente joven al cual pertenecen él mismo y sus amigos. Su ideal: los pequeños empresarios, las profesiones liberales, los patriotas, leales, piadosos, respetuosos de la tradición y la autoridad. La derecha los ayudó a comprar sus propias casas, una de las causas de la escalada del endeudamiento de los hogares, tanto en Hungría como en otras partes.
A semejanza de los conservadores de Europa Central, la derecha húngara estima que los adversarios de esta clase media son, por un lado, las multinacionales, las instituciones financieras y el “capitalismo financiero” y por el otro, los proletarios, los pobres, los “comunistas” –sin hablar de la categoría de los “subhumanos” inexplotables–. Más que racista a la antigua, la derecha húngara se opone sobre todo a subsidiar a los pobres, a dar ayuda a los desocupados, comparados con los gitanos (lo cual es, por otro lado, totalmente discutible), y a todos los elementos “improductivos” de la sociedad, que se designan como “inactivos”, englobando en esta categoría a los jubilados.
Para favorecer a su clientela, el gobierno necesita dinero y efectúa recortes presupuestarios. No más subsidios para las artes, la arqueología, los museos, la edición, la investigación; así se deshace, de paso, de la intelligentsia moderada o izquierdizante. Ya no hay recursos para el transporte público, el medio ambiente, los hospitales, las universidades, las escuelas elementales, la ayuda a los ciegos, los sordos, los discapacitados y los enfermos. En cambio, se financia profusamente el deporte, que tiene fama de estimular la combatividad, el espíritu de grupo, la lealtad, la disciplina personal, el esfuerzo viril…
Se prefiere la acción a los discursos (entiéndase: al pensamiento crítico) tan apreciados por las “clases charlatanas”. Nada debe sorprender: los conservadores –y en particular los intelectuales conservadores– que hasta hace no mucho responsabilizaban a las sociedades de pensamiento y las logias masónicas de la Revolución Francesa, siempre odiaron a los intelectuales contestatarios.
Orbán, que habla de una “sociedad fundada en el trabajo”, sepultó oficialmente al Estado de Bienestar. En eso no se diferencia de la mayoría de los dirigentes occidentales, que sin embargo gritarían escandalizados si se compararan las ideas del húngaro con las suyas. El Primer Ministro es simplemente más franco y coherente que ellos. Su menor apego a la formalidad, las tradiciones y el aparato le permiten aplicar reformas radicales. Una de ellas prevé que las indemnizaciones por desempleo no se vertirán sino a cambio de servicios, por instrucción de las autoridades y bajo el control del Ministerio del Interior, a cambio de una remuneración muy inferior al salario mínimo vital. Constantemente asediados y humillados, esos “trabajadores públicos”, principalmente los gitanos, cumplen sus fajinas bajo estricta vigilancia policial, mientras los medios de derecha los tildan de holgazanes.

La injerencia externa

Si bien la Unión Europea y el gobierno de Estados Unidos en términos generales están de acuerdo con su política (Orbán se formó como miembro del Partido Popular Europeo), se oponen con vehemencia a sus proclamas nacionalistas y su retórica antibancaria. La propaganda oficial húngara saca de allí los argumentos para sostener que el gobierno húngaro es el blanco de presiones de… ¡la izquierda internacional! Para la derecha radical de Europa Central, capitalismo financiero y comunismo son similares: modernistas, seculares, cosmopolitas y republicanos al mismo tiempo.
Los ataques incesantes de la prensa occidental ya hicieron que el tiro salga por la culata en Hungría: algunos parlamentarios neonazis queman banderas de la Unión Europea; la población no entiende que su gobierno, por impopular que sea, pueda encarnar el mal absoluto en el extranjero. La indignación nacionalista amenaza con movilizar a la derecha en contra de quienes encarnan la protesta social y democrática, que deberán entonces oponerse al mismo tiempo a las medidas de austeridad recomendadas por la Unión Europea y a las políticas de la derecha húngara. En suma, las amenazas europeas no hacen más que favorecer al gobierno de Orbán, que después de todo, es producto de un escrutinio democrático.
Existen varias formas de corromper la “democracia”. Suprimir subsidios para cambiar la situación política de un país, constituye una forma de extorsión. Todo liberal honesto debería denunciar una cosa así. Por eso la oposición húngara se opone al mismo tiempo a las políticas del gobierno y a las presiones de las instituciones europeas y del Fondo Monetario Internacional.
* Filósofo y ex diputado.

Traducción: Patricia Minarrieta.

Un posible boomerang


LOS RIESGOS DE UNA GUERRA CONTRA IRÁN

Por Gary Sick*

Barack Obama, en busca de su reelección, advierte a Irán que no tolerará que siga avanzando en su proyecto nuclear. Y le asegura a su aliado, Israel, que la vía militar es una alternativa viable.

n Irán sin armas nucleares es preferible a un Irán que las tuviera. El propio Teherán lo admite. Signatario todavía del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), el país acepta las inspecciones de sus principales emplazamientos que lleva a cabo la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA). Y sus dirigentes, empezando por el ayatollah Jamenei, cada tanto proclaman que la posesión, la fabricación y la utilización de armas de esta naturaleza son contrarias al islam.
Desde la época del Sha, el país apoya la idea de un Medio Oriente desnuclearizado. El director de Inteligencia Nacional estadounidense, que coordina todas las agencias de seguridad de Estados Unidos, asegura que la República Islámica no tomó la decisión de construir la bomba (una decisión que, por lo demás, sería imposible disimular). No obstante, la historia nuclear del país persa tiene lagunas e incoherencias que no inspiran confianza, y la retórica incendiaria de sus dirigentes aumenta la sospecha.
Una opinión bastante difundida sostiene que sólo la coerción podría conseguir persuadir a Teherán de cambiar de rumbo. Esta política se viene desarrollando desde mediados de los años 90, bajo la administración de William Clinton. Luego, George W. Bush y Barack Obama la continuaron (1). En cuanto a los Estados europeos, en un principio reticentes, se sumaron luego a esta idea, empezando por Francia y el Reino Unido, que se pusieron a la cabeza del movimiento al preconizar sanciones reforzadas.
Una estrategia inútil
Antes de la adopción de esta estrategia, Irán tenía un programa nuclear de lo más rudimentario, sin una sola centrifugadora para enriquecer uranio. Casi dos décadas después, la AIEA informa que el país dispone de un programa considerable, con unas ocho mil centrifugadoras operativas instaladas en dos emplazamientos principales y un stock de casi cinco toneladas de uranio débilmente enriquecido. Así pues, el fracaso es evidente.
En lugar de tomar nota de ello, Estados Unidos y sus aliados replicaron con una escalada, llegando incluso a prohibirle a la República Islámica que vendiera sus productos petroleros, lo cual la privará de más de la mitad de sus ingresos. Tales medidas se parecen mucho a un bloqueo militar de los puertos petroleros, es decir a un acto de guerra. Las sanciones, que teóricamente deberían prevenir un conflicto bélico, se transforman así, progresivamente, en una guerra económica. El boicot a los bancos y el petróleo iraníes debería entrar en vigor de aquí al verano (boreal) de 2012; entonces podremos hablar de un conflicto no declarado. Nadie sabe cómo responderá la República Islámica, pero nadie imagina tampoco que sus dirigentes vayan a capitular, ni que vayan a quedarse de brazos cruzados.
La elección de la coerción se funda sobre la creencia de que la misma no puede volverse contra sus promotores. La misma convicción parece reinar en esos grupos que llevan a cabo una guerra clandestina contra Irán mediante asesinatos de científicos o ciberataques (por ejemplo, en 2010, con el gusano informático Stuxnet, destinado a interferir en el funcionamiento de las centrifugadoras) (2). Hay drones estadounidenses sobrevolando el territorio iraní. Hay información creíble que habla de un apoyo a movimientos separatistas en la región de Baluchistán –donde se dice que israelíes disfrazados de oficiales estadounidenses de la Central Intelligence Agency (CIA) habrían reclutado agentes–, pero también en la provincia de Juzestán, de población árabe, en el Kurdistán iraní o en las zonas de población azerbaiyana (3).
Estos sucesos despiertan gran satisfacción en Israel, en Estados Unidos y en algunas capitales europeas. A pesar de las proclamaciones según las cuales Irán representa una amenaza para la paz y la estabilidad internacionales, la política occidental está fundada sobre la hipótesis implícita de que Teherán no puede responder eficazmente a las amenazas financieras y clandestinas contra su seguridad. Ninguna de las partes implicadas toleraría semejantes acciones sobre su territorio. ¿Cuál podría ser entonces la réplica de la República Islámica?
¿Verdadero peligro?
Irán no es un peligro serio para nadie, ni siquiera para sus vecinos más próximos. Su presupuesto militar representa una fracción minúscula, no sólo comparado con el de Estados Unidos o de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), sino también con los gastos combinados de los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) (4). El país está cercado por las fuerzas estadounidenses y por la OTAN, entre otras cosas por un anillo de bases y fuerzas navales. Consciente de su relativa debilidad, hasta ahora evitó los enfrentamientos militares directos.
En cambio, invirtió enormemente en una robusta estructura de defensa –aunque relativamente barata– que haría muy peligrosa cualquier invasión. También perfeccionó técnicas de guerra asimétrica, tales como la guerrilla y la utilización naval de barcos rápidos que pueden sembrar la confusión y hasta vencer buques de guerra. Ajustó las baterías de misiles crucero, armas relativamente simples pero que podrían revelarse eficaces al ser utilizadas en masa, incluso contra un blanco importante.
Otro ámbito en el que Irán dispone de una gran competencia es el de la guerra informática, un terreno donde todo el mundo –o casi– tiene sus posibilidades. La represión que siguió a la dudosa elección presidencial de junio de 2009 demostró la capacidad del gobierno para controlar el ciberespacio. Contrariamente a los Estados árabes, que atraviesan masivas protestas desde principios de 2011, la República Islámica supo desactivar selectivamente fracciones de internet y trabar la utilización de Facebook, Twitter o el envío de SMS sin causar mayores daños a su comercio. También consiguió penetrar las redes sociales para identificar a los potenciales líderes de la oposición y utilizar sus declaraciones y actos para llevarlos a la Justicia. Por lo demás, el país persa dispone de una reserva de jóvenes y brillantes ingenieros informáticos, enrolados en un ciberejército semiclandestino. Hasta aquí, esta fuerza sirvió sobre todo para la represión, pero fácilmente puede ser dirigida contra un enemigo exterior.
Sin embargo, el arma de destrucción masiva de Irán no es una flota de lanchas rápidas, ni la informática, y menos aún una bomba nuclear inexistente: es el precio del petróleo. Para utilizarlo, Teherán ni siquiera necesita cerrar el estrecho de Ormuz. Si todas las sanciones internacionales fueran aplicadas, faltarían casi dos millones de barriles de petróleo por día. Arabia Saudita dijo que aumentaría su propia producción, y la reactivación de la producción libia también podría ayudar a compensar la escasez. Estados Unidos, así como otros países (sobre todo europeos), también podría utilizar sus reservas estratégicas.
Pero Europa debería encontrar –por sus propios medios– algo para reemplazar los casi seiscientos mil barriles que todos los días importa de Irán. Esta demanda emana mayoritariamente de sus tres economías más vulnerables (Grecia, Italia y España), cuyas importaciones actualmente se fundan en acuerdos de trueque y en contratos a largo plazo relativamente ventajosos, acuerdos cuyas ventajas, en términos de precio y calidad, serán difíciles de igualar. Deberán negociarse nuevos contratos, ponerse en marcha otros circuitos de proveedores y volver a calibrar las refinerías.
Un escenario temible
¿Esta transformación se hará con suavidad, sin aumento significativo del precio del petróleo? En enero de 2012, cuando Irán y Estados Unidos intercambiaron amenazas a propósito del estrecho de Ormuz, el precio del barril aumentó más del 6% y se estabilizó en ese nivel, sin que se disparara un solo tiro. Pero cualquier aumento tiene repercusiones mundiales, no sólo sobre el precio –políticamente sensible– de la nafta, sino también sobre casi todo lo que se fabrica y se transporta.
Imaginemos, dentro de cuatro meses, el siguiente escenario. Mientras el mundo se mueve para reemplazar el petróleo iraní y mientras Irán, por su parte, sufre cada vez más dificultades para mantener sus ingresos, el mercado empieza a experimentar una tendencia al alza. En ese momento, varios oleoductos o lugares de carga en el sur de Irak sufren explosiones inexplicadas, cuyo resultado es la supresión en el mercado de un millón de barriles por día. Al mismo tiempo, misteriosas averías afectan las refinerías saudíes y kuwaitíes, y las operaciones de carga de hidrocarburos en Emiratos Árabes Unidos se ven retrasadas debido a dificultades técnicas imprevistas en los controles informáticos, o posiblemente a un sabotaje orquestado por Teherán. Es imposible predecir a qué nivel subiría entonces el precio del barril, y por cuánto tiempo.
Este escenario demuestra que las sanciones rígidas no afectarían solamente a Irán: podrían tener consecuencias graves a escala internacional. Asumir ese riesgo sin duda vale la pena si se persigue un objetivo político bien definido y realista. Si de lo que se trata es de lograr que Teherán capitule y elimine su programa de enriquecimiento nuclear, cualquiera que conozca el país al menos un poco confirmará que es una quimera. Por lo demás, poca importancia tiene quién esté en el gobierno.
Si el objetivo es volver a llevar a la República Islámica a la mesa de negociaciones, el país ya declaró, hace más de un año, que deseaba un diálogo sin condiciones previas, es decir sin tener que aceptar una interrupción completa de su programa de enriquecimiento, tal como lo exigen las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, cuando el TNP permite dicho enriquecimiento. Sin embargo, eso es precisamente lo que pide la alta representante de Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la Unión Europea, Catherine Ashton, en su carta del 21 de octubre de 2011, donde invita a retomar las negociaciones (5). Es una falla fundamental en la estrategia occidental, que torna la situación peligrosa.
Por último, si el objetivo es castigar a Irán con la esperanza de provocar una guerra, entonces, efectivamente, hay posibilidades de éxito. Pero no se eliminará con ello la amenaza nuclear; al contrario. Se alimentará la fuerza de un gobierno extremista en su postura desafiante y de desprecio por la “comunidad internacional”, en su determinación de dominar el ciclo completo del combustible nuclear y, finalmente, de acelerar la fabricación de una bomba.
1. “Tempête sur l’Iran”, Manière de voir, Nº 93, junio-julio de 2007.
2. Philippe Rivière, “Ciberataque contra Teherán”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2011.
3. Alain Gresh, “Quand Israël attaquera-t-il l’Iran ? Il y a deux ans…”, blog Nouvelles d’Orient, el 17-1-12.
4. El presupuesto militar de Arabia Saudita es de 45.000 millones de dólares; el de Kuwait, de 4.600 millones, y el de Irán se calcula en 9.000 millones.
5. Peter Jenkins, “The Latest Offer To Iran Of Nuclear Talks: Don’t Hold Your Breath”, www.lobelog.com/, 30-1-12.
* Ex asesor del presidente James Carter, autor de October Surprise: America’s Hostages in Iran and the Election of Ronald Reagan, IB Tauris & Co Ltd, Londres, 1991.

Traducción: Mariana Saúl

Las virtudes del sacrificio


LOS FUNDAMENTOS MORALES DE LA AUSTERIDAD


Por Mona Chollet*

La Unión Europea acordó el 21 de febrero pasado una nueva ayuda financiera a Grecia. Pero es posible que este plan agrave aún más la recesión en ese país exangüe. La obstinación en preconizar el rigor se explicaría por convicciones morales más fuertes que la propia razón…


Rigor”, “austeridad”, “esfuerzos”, “sacrificios”, “disciplina”, “reglas estrictas”, “medidas dolorosas”... A fuerza de invadir nuestros oídos con sus fuertes connotaciones moralizantes, el vocabulario de la crisis termina provocando intriga. En enero pasado, en vísperas del Foro Económico de Davos, su presidente, Klaus Schwab, hablaba claramente de “pecado”: “Pagamos los pecados de estos últimos diez años”, diagnosticaba, antes de preguntarse “si los países que pecaron, en particular los del Sur, tienen la voluntad política de emprender las reformas necesarias” (1). En la revista francesa Le Point, bajo la pluma de Franz-Olivier Giesbert, el saldo de nuestras bacanales desenfrenadas es mayor: el editorialista lamenta “treinta años de tonterías, locuras e imprevisión, en los que hemos vivido por encima de nuestros recursos” (2).
Dirigentes y comentaristas repiten el mismo discurso puramente fantasioso: mostrándose perezosos, despreocupados y dispendiosos, los pueblos europeos habrían atraído hacia sí, como un justo castigo, la plaga bíblica de la crisis. Ahora deben expiar. Es necesario “ajustarse el cinturón”, honrar las buenas y viejas virtudes del ahorro y la frugalidad. El periódico Le Monde (17-1-12) cita el ejemplo de Dinamarca, país modelo al cual una “dieta de papas” le permitió gozar nuevamente de los favores de las agencias de calificación. Y en su discurso de asunción, en diciembre pasado, el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, arengaba a sus compatriotas: “Nos enfrentamos a una tarea ingrata, como la que atraviesan esos padres que se las ingenian para dar de comer a cuatro con el dinero de dos”.

Soluciones frente a la crisis

Muchos observadores se oponen a la impostura de ese razonamiento que pretende asimilar el comportamiento de un Estado al de una familia. Razonamiento que escamotea la cuestión de la responsabilidad de la crisis en el peso insoportable que la austeridad hace recaer sobre las poblaciones, cuyo único error es haber querido curarse o pagar la educación de sus hijos. Para un particular, el rigor presupuestario puede ser una fuente de orgullo y satisfacción; para un Estado, significa la ruina de millones de ciudadanos, cuando no conduce, como en el caso de Grecia, a un sociocidio liso y llano. En Dinamarca, precisaba Le Monde, la “dieta de papas” se tradujo en una explosión del desempleo y una reducción drástica de los programas sociales; “sesenta mil familias perdieron su vivienda”. Así, no sólo este falso sentido común elimina mágicamente las desigualdades sociales y esconde los estragos de la austeridad, sino que preconiza, frente a la crisis, una política económica que sólo conduce a agravarla impidiendo toda reactivación a través del consumo. “Ahorrar e invertir son virtudes para las familias; es difícil para la gente imaginar que a nivel de las naciones demasiada frugalidad pueda causar problemas”, señala Peter Coy, editorialista de Business Week (26-12-11).
Irracionales, propiamente delirantes, los llamados a la contrición no guardan ninguna relación con el menor elemento de realidad. ¿Cómo explicar entonces que sigan resonando de un extremo al otro del espacio europeo? Porque sirven a los intereses dominantes, responderán. Y, de hecho, con el pretexto de la deuda, brindan la oportunidad de coronar la destrucción de las conquistas sociales de la posguerra, iniciada hace unos treinta años. 
Antes de eso, ya habían permitido, en la Francia de Vichy, enterrar el funesto recuerdo del Frente Popular. El “proceso de Riom”, que tuvo lugar en 1942 en esa pequeña ciudad de Puy-de-Dôme, apuntaba a demostrar que los dirigentes “revolucionarios”, tales como Léon Blum y Edouard Daladier, eran responsables de la derrota de junio de 1940 frente al ejército alemán. La reducción de la jornada laboral a cuarenta horas semanales en las fábricas de armamento, y no las decisiones de los Estados mayores, habría sido fatal para las tropas francesas... Con vistas a la “recuperación nacional”, el mariscal Pétain había querido reemplazar el “espíritu de disfrute” por el “espíritu de sacrificio”. En la apertura del proceso, el diario Le Matin se refería a Blum como al “hombre que inoculó el virus de la pereza en la sangre de un pueblo” (3). Los franceses, setenta años antes que los griegos... y que los portugueses, a quienes su primer ministro, Pedro Passos Coelho, reprendía en estos términos: “Ustedes seguramente recuerdan ese episodio grotesco, cuando, mientras la Troika (europea) trabajaba en Lisboa para elaborar un programa de ayuda a Portugal (en 2011), todo estaba cerrado en el país, porque todo el mundo aprovechaba algunos feriados puente. La Troika, que prestaba dinero a Portugal, trabajaba; el país aprovechaba los feriados puente. Afortunadamente, lo que sucedió a partir de entonces se contrapuso a esta primera imagen, muy mala” (4).

Purificación

Pero la invitación al trabajo, a la mortificación y la abnegación ¿no es acaso un ardid para que la mayor cantidad de gente acepte su expoliación? Sus tonos sinceros, apasionados, llevan a pensar que esta idea no sólo es producto del cinismo, y que se arraiga en un fondo cultural sólido. “Ese humor ‘sacrificial’, tanto del orden del ethos como del razonamiento, suscita en muchos comentaristas una suerte de júbilo morboso, como si el sufrimiento popular también tuviera una dimensión ‘purificadora’”, constata el sociólogo Frédéric Lebaron a propósito de la situación actual (5). De igual manera, Pétain quería recordar a los franceses que “desde Adán, el castigo es un llamado al renacimiento, una promesa de regeneración” (6). Más cercano en el tiempo, Rajoy profetiza: “El esfuerzo no será inútil. Desaparecerán los nubarrones, levantaremos la cabeza y llegará de nuevo el día en que se hable de España y se hable para bien; el día en que volvamos la vista atrás y ya no recordemos los sacrificios”.
El reclamo de condiciones de vida decentes por parte del pueblo no hace más que alarmar a aquellos cuyos intereses contraría: les inspira una suerte de terror supersticioso, como si representara una transgresión impensable. Durante la derrota de 1940, relataba el historiador y miembro de la Resistencia Marc Bloch, los cuadros militares, provenientes de la alta sociedad, habían “aceptado el desastre porque encontraban en él ese atroz consuelo: aplastar, bajo las ruinas de Francia, un régimen deshonrado; arrodillarse frente al castigo que el destino había enviado a una nación culpable” (7).
Sin embargo, entre aquellos que, por su posición en la sociedad, no tendrían ningún interés objetivo en adherir a esta lectura de los acontecimientos, muchos son los que se muestran receptivos. Con respecto a los daños infligidos a la colectividad, los movimientos de “indignados” pueden aparecer incluso como una respuesta muy tímida, dejando entrever que la retórica de la expiación necesaria encuentra, a pesar de todo, un terreno favorable. En mayo de 2011, una funcionaria griega cuyo salario se había reducido de 1.200 a 1.050 euros para una jornada de trabajo que aumentó, por su parte, de 37,5 a 40 horas semanales, aseguraba por ejemplo estar “dispuesta a hacer esfuerzos adicionales” (8).
Algunos no dejaron de señalar que un sustrato cultural, incluso religioso, determina las actitudes de los protagonistas de la crisis del euro. “Expertos y políticos ignoran un factor: Dios. Finalmente, la religión y, en este caso, el protestantismo luterano. Hija de un pastor, [la canciller alemana] Angela Merkel tiene sentido del pecado, como muchos de sus compatriotas. Hay una manera alemana de hablar del euro que huele a la influencia del Templo. Y que evidentemente no carece de consecuencias en las soluciones presentadas para socorrer a la unión monetaria europea”, escribe Alain Frachon en Le Monde (23-12-11).
Sin embargo, puede dudarse de que la influencia del protestantismo se limite a la zona geográfica donde tuvo su auge en el siglo XVI. El sociólogo alemán Max Weber mostró en un célebre ensayo de 1905 cómo la ética protestante contribuyó a “darle una mano” al capitalismo, creando un “espíritu” que le era favorable (9). Más tarde, y hasta nuestros días, ese espíritu perduró y prosperó de manera autónoma, fuera de todo referente religioso. Terminó volviéndose tan omnipresente e invisible como el aire que respiramos. La historiadora Janine Garrisson menciona el ejemplo de Jean-Paul Sartre, quien ironizaba sobre la fe protestante de su abuelo materno, estando él mismo “mucho más cerca de él, de su puritanismo, de su gusto por el conocimiento, que lo que quería admitir. ¿No es el mismo Sartre quien proclama alto y claro que un intelectual que no trabaja al menos seis horas por día no puede reivindicar ese prestigioso título?” (10).
La tesis de Weber es en efecto que el protestantismo “hizo que la ascesis saliera de los conventos” donde el catolicismo la había confinado. La doctrina calvinista de la predestinación, según la cual cada ser humano es elegido o condenado por Dios desde tiempos inmemoriales, sin que ninguno de sus actos pueda modificar nada al respecto, habría podido conducir a una forma de fatalismo. Produjo el efecto contrario: sometiendo toda su vida a una disciplina estricta, los fieles invirtieron toda su energía en el trabajo, buscando en el éxito económico una señal de su salvación. La fortuna dejó entonces de ser condenable; muy por el contrario. Sólo el hecho de disfrutar de ella era reprensible. Weber menciona el caso de un rico fabricante a quien su médico le había aconsejado comer cada día, para su salud, algunas ostras, pero que no podía permitirse semejante suntuosidad, no por avaricia, sino por escrúpulo moral.
“La idea del deber profesional, escribe el sociólogo, está presente en nuestra vida como un fantasma de las creencias religiosas de antaño”. Ya que los trabajadores también debieron aprender a “hacer el trabajo como si fuera un fin absoluto en sí mismo, una ‘vocación’”. Esa mentalidad, actualmente dominante, no se impuso sino al precio de un “pesado combate contra un mundo de fuerzas hostiles”, y en particular con la ayuda de una política de bajos salarios: Juan Calvino estimaba que la masa de obreros y artesanos “debía mantenerse en estado de pobreza para seguir siendo obediente a Dios”. El protestantismo abrió entre elegidos y condenados “una brecha a priori más infranqueable y más preocupante que la que separaba del mundo al monje de la Edad Media, una brecha que dejó una huella profunda en todos los sentimientos sociales”. El puritanismo inglés forjó también “una legislación sobre la pobreza cuya dureza contrastaba radicalmente con las disposiciones anteriores”.
Rico o pobre, en adelante, descansar, disfrutar de la vida, “perder tiempo”, ya no podía hacerse sin mala conciencia. Uno dimensiona lo que el mundo actual debe a esta concepción cuando lee que el pastor luterano Philipp Jakob Spener, fundador del pietismo, denunciaba como moralmente condenable “la tentación de jubilarse prematuramente”...
En suma, tal como lo había observado en el siglo XVI el humanista alemán Sebastian Franck –citado por Weber–, la Reforma “impuso a cada hombre ser un monje a lo largo de toda su vida”. La influencia del cristianismo y su descalificación de la vida terrenal aumentó fuertemente. Puede presumirse que esta herencia espiritual y cultural no dejó de inhibir las posibles respuestas a los ataques perpetrados contra las sociedades. Tras la laicización de los Estados, ¿qué pensar de la laicización del espíritu?


1. Entrevista de L’Hebdo, Lausana, 18-1-12.
2. Le Point, 23-11-11. Véase Mathias Reymond, “Les éditocrates sonnent le clairon de la rigueur”, Acrimed.org, 12-12-11.
3. Citado por Frédéric Pottecher, Le Procès de la défaite. Riom, février-avril 1942, Fayard, París, 1989.
4. Expresso.pt, Lisboa, 6-2-12.
5. Frédéric Lebaron, “Un parfum d’années 30…”, Savoir/Agir, N° 18, diciembre de 2011.
6. Citado por Gérard Miller, Les Pousse-au-jouir du maréchal Pétain, Seuil, col. “Points Essais”, París, 2004 (Primera edición: 1975).
7. Marc Bloch, L’Etrange défaite, Gallimard, col. “Folio Histoire”, 1990.
8. “Comment les Grecs se sont mis au régime sec”, La Croix, París, 8-5-11.
9. Max Weber, La ética protestante y el espíritu del Capitalismo, varias ediciones. 
10. Janine Garrisson, L’Homme protestant, Complexe, Bruselas, 2000.
* De la redacción de Le Monde diplomatique, París.