miércoles, 7 de septiembre de 2011

El sonido del silencio


Por José Natanson

Como Estados Unidos, Argentina nació a partir de la unión de estados preexistentes, en un proceso de poblamiento que comenzó en el Norte y Centro para luego avanzar hacia Buenos Aires, durante siglos una ciudad pequeña y alejada del centro de las decisiones virreinales. Por este motivo, por tener en su base a provincias tan disímiles como Salta, en su momento parte del imperio inca, y Santa Cruz.

Qué vota la gente cuando vota? La pregunta es tan vieja como la democracia y admite muchas respuestas: una idea, a veces; programas más definidos, casi nunca, identificaciones, empatías, recuerdos, mandatos familiares…
Como las mujeres, las explicaciones simples son las menos interesantes, y los motivos de las decisiones electorales, lo que los politólogos llaman “los determinantes del voto”, no son una excepción. Un voto es sólo un voto, pero detrás de él se esconden tramas complejas de razones individuales y colectivas, materiales y emocionales.
El rotundo triunfo de Cristina Kirchner en las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO) del 14 de agosto se debe, en primer lugar, a los efectos del crecimiento económico registrado de los últimos años: como señaló el ministro de Educación porteño Esteban Bullrich (1), Argentina logró en 9 años, entre 2002 y 2011, la misma tasa de crecimiento que obtuvo España en los 21 años que duró su famoso “milagro”, entre 1985 y 2006. Surfeando esta ola, el gobierno desplegó una serie de políticas redistributivas de impacto muy directo y alcance masivísimo, como la Asignación Universal por Hijo (3 millones y medio de beneficiarios), las nuevas jubilaciones (2 millones y medio) y las computadoras para los estudiantes secundarios (1 millón).
Pero estos datos cuantitativos, por más impresionantes que suenen, no alcanzan a explicar las victorias oficialistas en ciudades sojeras como Lincoln, Chascosmús o Baradero, en lugares que fueron bastiones de la oposición (la Gualeguaychú de Alfredo De Angeli, la Mendoza de Julio Cobos), en distritos de fuerte impronta anti-oficialista (la Capital, Santa Fe), ni los resultados soviéticos obtenidos en provincias como Salta (62 por ciento), San Juan (65 por ciento) y Formosa (¡70 por ciento!). A la medianoche del 14 de agosto la Presidenta se había impuesto en todos los distritos salvo en lo que Jorge Asís llama “la República Libre-Asociada de San Luis”.
Blando
Seguramente incidió también el dolor generado por la muerte del ex presidente y el modo discreto y a la vez firme en que Cristina gestionó el duelo, que derivó más tarde en un estilo de comunicación inusualmente ecuménico para los estándares kirchneristas (el hecho de que su hija Florencia haya subido al escenario del triunfo por primera vez desde 2003 no parece casual).
Un nuevo estilo, en suma, que sintoniza con las políticas de “poder blando” (2) desplegadas por el gobierno tras su derrota en el conflicto por la 125, desde la ley de matrimonio igualitario a Tecnópolis, y que le permitieron primero, en los meses más duros, consolidar una “minoría intensa” que lo sostuvo políticamente y le mejoró la autoestima, y después, cuando la economía y el humor social comenzaron a mejorar, extender este núcleo sólido de kirchnerismo sunnita a círculos más difusos pero también más amplios. En el medio, el kirchnerismo activó una militancia juvenil inédita desde los primeros años de la recuperación democrática.
Para ello fue crucial la insistencia en lo que se ha puesto de moda definir como “relato”, en rigor la capacidad del gobierno de organizar la disputa política alrededor de dos ejes bien definidos: el primero es neoliberalismo-antineoliberalismo (y sus derivaciones: mercado-Estado, producción-finanzas, concentración-redistribución), alrededor del cual se inscriben algunas de las medidas más interesantes de todo el ciclo K, de la renegociación de la deuda a la nacionalización de las AFJP. El segundo eje es dictadura-derechos humanos, que explica iniciativas como la anulación de las leyes de obediencia debida y punto final y otras más sorprendentes como la ley de servicios audiovisuales (sancionada con el argumento de que era necesario terminar con la regulación impuesta por los militares).
Lo central a los efectos de mi argumento no es la valoración de cada una de estas iniciativas sino la eficacia política de un discurso que las articula y que se despliega a partir de una reivindicación de fuerte tono reparatorio, en el sentido de atender los males heredados de la dictadura y del menemismo, considerados por el kirchnerismo como los momentos más críticos del ciclo anti-popular de la historia argentina reciente.
Gobernabilidad
Pero más allá del bienestar económico o la eficacia del relato hay una cuestión central que explica el triunfo de Cristina y el actual clima social, tan positivo y optimista como riesgoso (vuelvo sobre este punto en el final del editorial).
Para plantearlo con delicadeza, digamos que si en 2009 se aprobó la ley de medios y se lanzó la Asignación Universal, y si en 2010 se decidió el pago de la deuda con reservas y se sancionó la norma de matrimonio igualitario, el 2011 es hasta ahora un año sin grandes novedades. ¿Significa esto que el gobierno se limita a flotar en mares de soja? Ciertamente no: el gobierno gobierna, aunque últimamente parece escaparle a las medidas de fuerte impacto transformador, a los anuncios sorpresivos, a todo aquello que en otros momentos le permitía sacudir a la sociedad y retener la iniciativa política.
Surgido de las cenizas de la crisis del 2001, a la que le debe más de lo que habitualmente se piensa, el kirchnerismo incluyó desde sus inicios una dimensión de lo inesperado, de lo impensable: para bien o para mal, se trata de un gobierno que hizo lo que se pensaba que no se podía hacer (barrer a la Corte menemista tras ser elegido con el 22 por ciento de los votos, por ejemplo). Esta inclinación hacia lo inimaginable le inyectó necesarias dosis de epopeya a un gobierno en muchos otros aspectos muy conservador, que se contentaba con presentarse como un “administrador eficaz”: en esa cualidad fronteriza, hamacándose entre la gestión y la gesta, en ese “aspecto abismal” que señalaba Horacio González (3), se cifra, creo, buena parte del éxito del ciclo K.
Y esto a su vez se conecta con la razón principal a la hora de explicar la victoria de Cristina en las primarias de agosto y sus inmejorables perspectivas para los comicios de octubre: la sensación de que tiene una agenda de pendientes, que incluye, como ella misma señaló, temas tan sensibles como la ley de tierras, junto a la capacidad de ofrecer una ecuación de gobernabilidad que admite pilares opacos –el aparato bonaerense, algunos gremios, ciertos peronismos del interior– pero que al final es la única realmente verosímil. Cristina, en definitiva, como la única capaz de garantizar la continuidad del actual orden económico.
Y es que también –como dirían los economistas, esos poetas contemporáneos– hay que mirar por el lado de la oferta. El carácter exclusivo de la opción kirchnerista queda subrayado por la asombrosa atonía, dispersión y ñoñez de las fuerzas opositoras: Ricardo Alfonsín pagó los costos de un sistema de alianzas que desnaturalizó su principal atractivo electoral, que era justamente la posibilidad de encarnar una oposición moderada y racional; y Eduardo Duhalde insistió con un discurso de orden que difícilmente podía penetrar en una sociedad cargada de conflictos pero pacificada, con la autoridad estatal recompuesta y sin desbordes a la vista. En este panorama más bien desolador, solo Hermes Binner, con un discurso sereno, que le reconoce méritos al gobierno pero no se priva de señalar sus numerosos déficits, se perfila como una opción taquillera. No parece casual que algunas encuestas lo ubiquen ya en un segundo lugar.
Desbalances
Veamos por un momento el contexto más general en el que se inscriben estos cambios. En tiempos de desidentificación partidaria y dilución de las identidades políticas tradicionales, es lógico que los sistemas se organicen cada vez más en torno al eje oficialismo-oposición. El problema de esta tendencia, por otra parte común a muchos países, es una escena política desbalanceada: en todas las elecciones que se realizaron hasta ahora salvo en Catamarca, triunfaron los oficialismos, con porcentajes superiores a los de la elección anterior. Esto puede explicarse por una clara legitimidad de ejercicio de los poderes ejecutivos en sus diferentes niveles tanto como por el sesgo pro oficialista en la distribución de los recursos electorales (frente a la debilidad de los partidos, el Estado se afianza como la única maquinaria electoral eficiente).
En todo caso, parece evidente que el oficialismo parte con ventaja y que, por lo tanto, sería conveniente ofrecer un handicap a las oposiciones: la cláusula de la ley de reforma política que garantiza publicidad en los medios audiovisuales para todos los partidos avanza en este sentido, que podría complementarse con prohibiciones más estrictas en el uso de los recursos públicos en tiempos de campaña (desde inauguraciones de obras hasta el aprovechamiento de la infraestructura oficial para actividades proselitistas).
Pero el desbalance es doble porque el sistema es pro oficialista pero también pro peronista. Y si Argentina nunca fue uno de esos países bipartidistas en donde dos fuerzas más o menos equivalentes compiten en igualdad de condiciones, la preeminencia del peronismo es cada vez mayor. Como señaló Andrés Malamud, muchos sistemas políticos subnacionales –y cabe preguntarse si también el nacional– se ubican a las puertas de lo que Giovanni Sartori define como “sistema de partido predominante”, o sea uno en donde hay elecciones limpias y donde la oposición compite y hasta gana… muy raramente (4).
Sonidos
Las ideas mencionadas más arriba se pueden articular en un solo razonamiento. Digámoslo así: la combinación entre un sistema político desbalanceado, un clima de prosperidad redistributiva y un alto consenso pro oficialista puede ser anestesiante. La comparación que se me ocurre es la escena final de El graduado: Ben (Dustin Hoffman) irrumpe a los gritos en la iglesia en la que Elaine (Katharine Ross) está a punto de casarse con su novio de siempre, rubio y anodino. Fuera de sí, Ben grita ¡Elaine! ¡Elaine!, ignora a Mrs. Robinson, lucha contra el padre de la novia y se saca de encima a los invitados amenazándolos con una cruz de madera gigante. Toma de la mano a su amada y ambos salen corriendo. Ella, en la cumbre de su belleza, con su vestido blanco de novia, él en una especie de overol sucio, y se suben a un colectivo amarillo que pasaba de casualidad. Se acomodan en el último asiento y se miran y se sonríen, colorados, transpirados y felices, pero apenas el micro arranca ronroneando y empiezan a relajarse la cara se les transforma, en un gesto apenas perceptible pero definitivo: es la duda, que los invade.
Mi planteo es: los consensos son bienvenidos en tanto generan previsibilidad y certezas. Pero también pueden dejar poco espacio para el debate acerca de posibles correcciones y silenciar temas importantes, muchos de los cuales requieren un amplio debate público para encontrar una solución (5). En suma, dificultan el ejercicio de la duda, que es la clave para mejorar pero que a veces puede llegar demasiado tarde, como en el final de El graduado, con Simon & Garfunkel de fondo:
Hello darkness, my old friend
I’ve come to talk with you again
because a vision softly creeping
left its seeds while I was sleeping
and the vision that was planted in my brain
still remains
within the sound of silence...
1. Página/12, 18-08-11.
2 El concepto de Joseph Nye (La paradoja del poder norteamericano, Taurus), que define al “poder blando” como aquel que se consigue por medios culturales o ideológicos, es decir a través de la persuasión, en lugar del “poder duro”, que se impone por medios militares o económicos, por la coacción y la fuerza.
3. Horacio Gonzalez, Página/12, 28-10-10.
4. Giovanni Sartori, Partidos y sistemas de partidos, Alianza Editorial, Madrid, 1980. Citado en el número 146 de el Dipló.
5. A analizar algunos de estos temas está dedicado el dossier de tapa de la presente edición de el Dipló.

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


http://www.eldiplo.org/index.php/147-los-silencios-de-la-campana/el-sonido-del-silencio/

Los estudiantes al frente del cambio


¿EL FIN DE LA HERENCIA DE PINOCHET?


Por Víctor Hugo De la Fuente
Director de la de Le Monde diplomatique, edición chilena (www.lemondediplomatique.cl).

Tras más de tres meses de iniciado el conflicto con los estudiantes, el gobierno de Piñera los convocó a una reunión el pasado 3 de septiembre, que continuará esta semana y donde podría abrirse una importante posibilidad de cambio.





Federica Matta
ientos de miles de jóvenes se manifiestan en las calles, algo que no se veía desde los años finales de la dictadura (1). En tres meses de masivas movilizaciones, los estudiantes chilenos le han cambiado la cara al país y han puesto al gobierno derechista de Sebastián Piñera en una incómoda posición.
La sociedad chilena despertó tras dos décadas de estar semi adormecida, ya que de alguna manera se había conformado con la idea que no había ninguna alternativa al neoliberalismo.
“Está terminando una etapa de la historia del país. Se inició hace más de veinte años y ha abarcado cinco gobiernos. Comenzó llena de esperanzas cuando los chilenos pusieron fin en 1988 a una dictadura. Más allá de sus logros, la etapa postdictatorial acumuló desesperanza y frustración. Las promesas no realizadas han consolidado una sociedad profundamente injusta”, sintetiza un texto escrito por tres dirigentes de una nueva fuerza de izquierda (2).
¿Dónde quedó el ejemplar “modelo chileno”, “el jaguar de América Latina”? Si hace cuarenta años, cuando el país era más pobre, la educación era gratuita, ¿qué ha pasado con el desarrollo y los altos índices de crecimiento?, ¿dónde está el dinero del progreso?, se preguntan los estudiantes.
El 28 de abril pasado, presagiando el gran movimiento que se desataría en junio, se realizó la primera movilización nacional de universitarios públicos y privados contra el alto nivel de endeudamiento que los estudiantes deben asumir para acceder a la educación superior (3).
En mayo comenzaron a percibirse vientos de cambio cuando treinta mil personas manifestaron en Santiago, y otros varios miles en diversas ciudades, contra el proyecto HidroAysén para instalar cinco mega represas en la Patagonia. Los opositores reaccionaron con rapidez en defensa del medio ambiente y en rechazo al gigantesco negocio de la multinacional Endesa-Enel, asociada al grupo chileno Colbún. Ese proyecto, respaldado por el gobierno y dirigentes de los partidos de derecha y de la Concertación (4), fue aprobado al margen de la opinión ciudadana, generando un amplio rechazo en todo el país.
Poco antes habían tenido lugar importantes movimientos regionales, como en Magallanes contra el alza del gas y en Calama por obtener beneficios de la producción de cobre en la zona, así como huelgas de hambre de los mapuches por la recuperación de tierras. Luego se sumaron otras reivindicaciones: los damnificados del terremoto de febrero de 2010, que pasaron su segundo invierno en viviendas de emergencia, los sindicatos del cobre que paralizaron las minas y las marchas por el derecho a la diversidad sexual. Pero sin duda fueron los estudiantes secundarios y universitarios, con masivas huelgas, manifestaciones y tomas de escuelas, exigiendo educación gratuita y de calidad, los que trasformaron la situación dándole a las movilizaciones otra dimensión y arrinconando al gobierno de derecha.
Cuestionar al sistema
El movimiento estudiantil se lanzó contra las bases mismas del sistema neoliberal, reivindicando el rol del Estado y pidiendo que la educación no sea considerada una mercancía. Exigen terminar con el sistema educacional, basado en el lucro, que dejó la dictadura militar. La consigna más coreada ha sido: “¡Y va a caer, y va a caer, la educación de Pinochet!”.
Para lograr esos cambios de fondo han planteado la realización de una Asamblea Constituyente que elabore una nueva Constitución. Los estudiantes también proponen que la financiación para la educación gratuita se haga a través de la renacionalización el cobre y de una reforma tributaria (5). Buscan resolver el conflicto exigiendo más democracia, con la realización de un plebiscito para que la ciudadanía decida qué tipo de educación quiere el país.
Los estudiantes denunciaron a la prensa oficial que criminaliza las manifestaciones y realizaron duras críticas tanto al gobierno de Piñera como a la Concertación. Tomaron el canal de TV Chilevisión, y también ocuparon las sedes de la ultraderechista Unión Demócrata Independiente (UDI) y del Partido Socialista.
Paralelamente, renace con fuerza la figura de Salvador Allende. Jóvenes disfrazados imitando al presidente socialista eran aplaudidos con entusiasmo en las manifestaciones donde aparecieron carteles como “Los sueños de Allende son posibles”. Los discursos del presidente mártir, pronunciados hace 40 años sobre la educación y la nacionalización del cobre, batieron récords de visitas en internet (6).
El movimiento estudiantil se caracterizó por su claridad política y también por su masividad y persistencia. Participaron estudiantes secundarios y universitarios, además de profesores, asociaciones de padres, ONGs y sindicatos. (7)
Al igual que en otras rebeliones en el mundo, se han utilizado las nuevas tecnologías, pero quizás lo principal sea que se trata de un movimiento democrático y participativo. Los estudiantes han buscado mantener una buena relación entre los liderazgos de los dirigentes y la participación de las bases, realizando asambleas donde todos opinan y deciden.
Mostraron gran creatividad en las protestas: cada día aparecían en las calles con una novedad: disfraces, bailes, imitaciones de suicidios colectivos, besos masivos, cuerpos desnudos pintados, carreras de días alrededor de La Moneda, imitación de predicadores, carteles ingeniosos... Buscan así no sólo llamar la atención, sino también integrar a otros sectores y demarcarse de los hechos de violencia callejera. Incluso repararon los daños causados al margen de las protestas, pintando fachadas de casas o juntando dinero para el propietario de un automóvil que resultó quemado.
La educación chilena
Si las movilizaciones han sido tan fuertes se debe fundamentalmente a lo injusto del modelo educacional chileno, implantado por la dictadura y desarrollado por los gobiernos civiles que la sucedieron.
En la enseñanza primaria y secundaria hubo un boom de escuelas privadas o subvencionadas en las últimas tres décadas, que hoy día acogen al 60% de los alumnos. No existe una sola universidad pública gratuita ya que todas –tanto las públicas como las privadas– cobran altos aranceles, caso único en América Latina.
Menos del 25% del sistema educativo es financiado por el Estado y más del 75% restante depende de los aportes de los estudiantes. El Estado sólo consagra un 4,4 del PIB a la educación, bastante menos que el 7% recomendado por la UNESCO. Hoy existen 60 universidades en Chile, la mayoría privadas. Los estudiantes deben pagar entre 170.000 y 400.000 pesos chilenos (250 y 600 euros) mensuales, en un país en que el salario mínimo es de 182.000 (menos de 300 euros) y el sueldo promedio 512.000 pesos (menos de 800 euros).
Esta situación hace que el 70% de los estudiantes chilenos deba tomar un crédito universitario. El 65% de los quintiles más pobres no termina su carrera universitaria por problemas económicos (8).
Según el sociólogo Mario Garcés se trata de un sistema perverso, que deja a miles de jóvenes chilenos de clase media y baja endeudados apenas terminan de estudiar, ya que los créditos universitarios se empiezan a pagar desde el primer empleo. Garcés agrega que la educación dejó de ser un mecanismo de movilidad social en Chile y pasó a ser lo contrario: un sistema de reproducción de la desigualdad (9).
¿Por qué ahora?
Es cierto que hubo movilizaciones estudiantiles durante los distintos gobiernos de la Concertación, incluyendo la de 2006, bajo la presidencia de Michelle Bachelet, conocida como “La revolución de los pingüinos” (por el color oscuro del uniforme y el blanco de la camisa de los secundarios de colegios públicos).
Sin embargo nunca, en los últimos veinte años, las protestas han sido tan importantes como las actuales. Durante dos décadas la Concertación administró el sistema intentando mantener el complejo equilibrio entre políticas de mercado y regulación estatal. Realizó algunas reformas, logrando disminuir los índices de pobreza y extrema pobreza, pero aumentando las desigualdades, dejando a Chile como uno de los 15 países más desiguales del planeta (10). Al comienzo, la Concertación contaba con la positiva imagen de haber contribuido a poner fin a la dictadura, pero el malestar y las críticas de la población se fueron acumulando y el endeudamiento de los estudiantes también. La injusticia del sistema se hizo flagrante con la llegada de un gobierno abiertamente de derecha, que maneja el país como una empresa.
Sebastián Piñera y los nuevos dirigentes llegaron con una concepción aún más fuerte de dejar la educación en manos del mercado. Esto colmó la paciencia de los jóvenes, que no vivieron en dictadura y están menos influenciados por el anti-estatismo.
Los conflictos de interés también contribuyeron a la rebelión estudiantil ya que el propio Ministro de Educación, Joaquín Lavín era fundador y accionista de la Universidad del Desarrollo (11).
El descrédito de la clase política alcanza un nivel elevado. Todas las encuestas de opinión muestran una baja persistente en el apoyo a los partidos de derecha en el gobierno y también en el apoyo a la hoy opositora Concertación.
Los jóvenes confían sólo en sus propias fuerzas y en la de los movimientos sociales, pero no en los partidos ni en las instituciones, rechazando la mediación de políticos e incluso de la Iglesia.
Para enfrentar las movilizaciones, el gobierno ha utilizado el diálogo y la represión, volcándose cada vez más hacia la criminalización del movimiento. La prensa oficial –es decir, casi toda– ha sobredimensionado las acciones violentas desencadenadas sobre el final de muchas manifestaciones, impulsadas en realidad por grupos marginales, algunos delincuentes o infiltrados e incluso policías, que luego fueron denunciados con videos y fotografías (12).
El 4 de agosto pasado ha quedado como “el jueves negro” para el gobierno. El presidente Sebastián Piñera dijo “todo tiene un límite” y el Ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, negó el derecho a los estudiantes a manifestarse por la Alameda, como ya se había hecho habitual. La represión fue sistemática durante todo el día, siendo detenidos, según las propias cifras oficiales, 874 estudiantes. La respuesta de la ciudadanía no se hizo esperar y esa misma noche renacieron las manifestaciones callejeras, los “cacerolazos”, en todos los barrios y ciudades de Chile. El gobierno, con su intransigencia, transformó la marcha en una Protesta Nacional, como en tiempos de la dictadura. Ese mismo 4 de agosto la influyente encuesta CEP le otorgó a Sebastián Piñera sólo un 26% de apoyo, la apreciación más baja para un presidente desde el regreso de la democracia (13).
Los estudiantes persisten en sus movilizaciones, rechazan las propuestas del gobierno de rebajar el interés del crédito y exigen un cambio radical del sistema y se unen a los demás movimientos sociales. Participaron en el Paro Nacional del 24 y 25 de agosto pasado y siguen pidiendo un plebiscito para que sean los chilenos los que decidan democráticamente. Sea cual sea la continuidad de las movilizaciones, ya nació una nueva forma de hacer política, desde los movimientos sociales. Los jóvenes chilenos están abriendo las grandes alamedas de las que habló Allende (14).
1. La mayor manifestación desde 1990 fue la del Primer Foro Social chileno en 2004, contra la visita de Georges W. Bush, que reunió 70.000 personas. El actual movimiento, desde junio ya ha realizado cinco marchas con más de 200.000 personas.
2. Jorge Arrate, Sergio Aguiló y Pedro Felipe Ramírez (miembros del Movimiento Amplio de Izquierda, MAÍZ), “El pueblo contra las dos derechas”, Le Monde Diplomatique, edición chilena, agosto de 2011. Puede consultarse en www.movimientoampliodeizquierda.cl
3. Camila Vallejo, presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH) y dirigenta de la Confederación de Estudiantes (CONFECH) www.camilapresidenta.blogspot.com
4. La Concertación por la Democracia es una alianza de centro izquierda, hoy compuesta por cuatro partidos –el Partido Socialista (PS), el Partido por la Democracia (PPD), el Partido Demócrata Cristiano de Chile (PDC) y el Partido Radical Social Demócrata (PRSD) – que gobernó los últimos veinte años.
5. La empresa estatal Corporación Nacional del Cobre de Chile (CODELCO) nunca fue privatizada, pero la dictadura abrió nuevas concesiones mineras a las empresas multinacionales y la Concertación siguió ese mismo camino. Hoy el 70% del cobre chileno es explotado por empresas extranjeras (www.defensadelcobre.cl)
6. www.lemondediplomatique.cl/Discurso-pronunciado-por-Salvador.html y www.lemondediplomatique.cl/Hace-40-anos-el-11-de-julio-de.html
7. En cada barrio los vecinos juntan ayuda para los liceos tomados. Según los sondeos, el apoyo ciudadano a las movilizaciones estudiantiles se sitúa entre el 75% y el 80% (www.accionag.cl).
8. Estudio sobre las causas de la deserción universitaria. Centro de Microdatos, Departamento de Economía, Universidad de Chile, www.microdatos.cl
9. Mario Garcés Durán, director de la Organización No Gubernamental chilena ECO Educación y Comunicaciones, en declaraciones a BBC Mundo.
10. Informe Regional sobre Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe (PNUD), 2010, hdr.undp.org/es/informes/regional/destacado/RHDR-2010-RBLAC.pdf
11. El Ministro Joaquín Lavín tuvo que ser sacado del Ministerio de Educación, en pleno conflicto, el 18 de julio pasado, aunque Piñera lo mantuvo en el gabinete como Ministro de Planificación. El nuevo Ministro de Educación es Felipe Bulnes, ex Ministro de Justicia.
12. www.chilevision.cl/home/content/view/370956/81
13. www.cepchile.cl
14. En su último discurso, el 11 de septiembre de 1973, desde La Moneda, Salvador Allende señaló “mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.

© Le Monde diplomatique, edición Chile



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martes, 6 de septiembre de 2011

Las verdades del Tratado de Libre Comercio


FOSTORIA, UNA CIUDAD INDUSTRIAL ABANDONADA


Por John R. MacArthur
Director del Harper’s Magazine, autor de The selling of “free trade”: NAFTA, Washington and the subversion of American democracy, University of California Press, Berkeley, 2001, y de Une caste américaine. Les élections aux Etats-Unis expliquées aux França

Hace 17 años, la implementación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte prometía empleo y prosperidad para todos. Pero el desempleo alcanza hoy en Estados Unidos el 9,1% y muchos estados del midwest sufren una fuerte desindustrialización. La historia de Fostoria, en Ohio, es un ejemplo de los desastres causados por el librecambio.

n la tarde del 9 de noviembre de 1993, mientras los ánimos se recalentaban en torno a la inminente aprobación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA, por su sigla en inglés) en el Congreso, los partidarios de este tratado se entregaban a un fanfarroneo sin precedentes en los anales de la propaganda televisiva. Millones de estadounidenses acababan de asistir al Larry King Show en la CNN, que había presentado un debate entre el millonario Ross Perot, dirigente principal del movimiento anti-TLCAN y candidato independiente a las elecciones presidenciales, y el vicepresidente Al Gore, convencido de las virtudes del librecambio.
Entre el amateur y el profesional de la política, el enfrentamiento le otorgó una ventaja al segundo. Pero lo mejor estaba por venir. En caso de que la actuación de Gore no hubiera bastado para ganar la adhesión de las multitudes, CNN reunió una segunda mesa compuesta por cuatro “expertos”, invitados a debatir sobre la gran obra del presidente William Clinton y su antecesor, George H. Bush: la supresión de las barreras aduaneras en el continente norteamericano y la “integración” de México, Canadá y Estados Unidos en un mercado único, sinónimo de empleo, crecimiento y prosperidad para todos, un escenario “ganador-ganador” según la terminología en boga. De los dos participantes pro-TLCAN elegidos por el canal, fue Larry Bossidy quien se mostró más apasionado: portavoz del lobby patronal pro-TLCAN, era también el Presidente Director General (PDG) de AlliedSignal, una multinacional activa en numerosos sectores y propietaria de Autolite, una fábrica de bujías para automóviles instalada en Fostoria, Ohio.
Para contradecir los argumentos de sus adversarios, que temían que el TLCAN provocara una deslocalización masiva de empleos hacia México (con un “ruido de succión gigante”, según la fórmula metafórica de Ross Perot), Bossidy debía convencer a los telespectadores de que el librecambio haría correr leche y miel sobre las viejas cuencas industriales del Midwest (el rust belt), ya en muy mal estado en ese momento. Siguiendo las recomendaciones de Carter Eskew –consejero de comunicación de Gore–, el presidente de AlliedSignal sacó de su bolsillo una bujía y la blandió sobre la mesa desarrollando la siguiente perorata: “He aquí una bujía, una bujía Autolite. Fue fabricada en Fostoria, Ohio. Hoy producimos 18 millones; mañana produciremos 25 millones. La cuestión es: ¿dónde las vamos a producir? En este momento no podemos venderlas en México porque hay que pagar un impuesto aduanero del 15%. Pero si el TLCAN es aprobado, podremos venderlas allí y así seguir fabricando estas bujías en Fostoria. Lo cual significa que ya no habrá sólo 1.100 empleos en nuestra fábrica, sino muchos más. (…) Esto no es más que una pequeña parte de un automóvil. Hoy exportamos 4.000 automóviles a México; y bien, exportaremos 60.000 durante el primer año [siguiente a la aprobación del TLCAN], ¡lo que significa 15.000 empleos suplementarios!”.
Paz para los inversores
Pero, diecisiete años más tarde, ¿qué queda de esas promesas? En noviembre de 2010, cuando Estados Unidos se encontraba enredado en un marasmo económico sin fin y el ex mastodonte General Motors sobrevivía con inyecciones de dinero público, la fábrica de Fostoria sólo tenía 86 obreros. Estos sobrevivientes ya no fabrican bujías, sino aisladores de cerámica destinados a equipar las bujías que ahora se producen en… México.
En efecto, gracias al TLCAN, Autolite deslocalizó el núcleo de sus actividades a la maquiladora de Mexicali, en el sur de California. Según fuentes sindicales, allí 600 empleados producen bujías, principalmente de la marca Motorcraft, filial de Ford, la más exitosa de las tres grandes compañías automotrices estadounidenses. El encanto de esta implantación puede verse en su planilla de pagos: mientras los obreros de Fostoria cobraban 22 dólares (15 euros) por hora a razón de 40 horas de trabajo semanal, sus colegas de Mexicali perciben 15,5 pesos (1,27 euros) por hora por 48 horas de trabajo semanal.
Autolite pertenece ahora a la compañía Honeywell, que en 1999 se convirtió en la accionista mayoritaria de AlliedSignal. Su presidente, Dave Cote, no puede quejarse de su inversión: la maquiladora de Mexicali garantiza no sólo un costo de producción irrisorio, sino también una protección máxima contra las molestias administrativas o judiciales, así como contra los movimientos de huelga. El TLCAN, el gobierno mexicano y la Confederación de Trabajadores de México (CTM), notoriamente corrompida, se unen para garantizar la paz civil a los inversores. En consecuencia, no resulta nada sorprendente que Cote haya recibido en 2009 una remuneración de 13 millones de dólares como recompensa por sus esfuerzos. Más sorprendente, tal vez, es la simpatía que le tiene Barack Obama: apenas fue elegido presidente lo invitó a una reunión privada en la Casa Blanca, antes de convertirlo en su portavoz durante un discurso sobre las “medidas correctivas” para la economía estadounidense (1).
En Fostoria la vida es un poco menos brillante que los laureles del alto directivo. Es cierto que interminables trenes de mercancías siguen pasando, a veces, por las dos vías férreas que atraviesan el pueblo (actualmente de 13.441 habitantes), como para recordar aquellos años faustos hacia el final del siglo XIX y durante toda la primera mitad del XX cuando Fostoria, gracias al ferrocarril, veía florecer las chimeneas de las fábricas... Pero, en nuestros días, los trenes ya no se detienen allí, y más raramente aún lo hacen para embarcar mercancías. La Cámara de Comercio local se ha reducido a alabar el espectáculo de los trenes que pasan para los amantes de las locomotoras y los fotógrafos amateurs (“Los turistas vienen de todos los rincones del mundo, tanto de Australia como de Suecia, para admirar el tráfico ferroviario que atraviesa la ciudad”), a riesgo de caer en una publicidad mentirosa.
Durante los dos días que pasamos en el lugar, ningún amante de trenes –ni ningún cliente extranjero– se encontraba en el centro de la ciudad. En cambio, la única librería de la ciudad liquidaba su stock a mitad de precio previendo su cierre. Las playas de estacionamiento desiertas al pie de fábricas desafectadas se extienden hasta perderse de vista: aquí, Fostoria Industries (hornos especiales), allá, Thyssenkrupp Atlas (cigüeñales); más lejos, el vendedor de autos Graff Automall. Su decrepitud es un testimonio de la suerte reservada a eso que los promotores de Fostoria celebraban en otro tiempo como “una pequeña ciudad en medio de todo”.
En los años 90, cuando las fábricas partían una tras otra hacia México, la de Autolite parecía todavía inexpugnable; no sólo gracias a la palabrería de Bossidy, sino, sobre todo, porque su producción –120.000 bujías diarias– batía récords. Pero esta hermosa excepción no podía ser eterna en la medida en que se multiplicaban los eldorados salariales: desde las relaciones comerciales permanentes que se establecieron en 2000 entre Pekín y Washington, el empresariado estadounidense pasó a disponer en China de una mano de obra aún menos costosa que los obreros a 15,5 pesos de las maquiladoras.
En enero de 2007, Autolite anunció su decisión de abrir una fábrica en Mexicali. Ocho meses más tarde, los 650 trabajadores que todavía tenía en Fostoria se enteraron de que más de la mitad (350) iban a ser despedidos durante los dos años siguientes.
Robert Teeple dirige la filial local del sindicato de obreros de la industria automotriz (United Auto Workers, UAW). En 1995, a los 32 años, siguió a su padre, mecánico, a la fábrica de Autolite en Fostoria y se unió a la elite sindicalizada de los cuellos azules. En ese momento, la fábrica de bujías, ubicada en pleno centro, tenía todavía cerca de un millar de obreros. Cuando lo vimos por primera vez, en septiembre de 2009 en el local de su sindicato, Teeple esperaba las últimas noticias sobre la liquidación de las actividades de la fábrica –a excepción de los aisladores cerámicos– y el futuro de los 271 últimos trabajadores. No sabía todavía cuántos de sus colegas serían despedidos ni en qué fecha, ya que en ese momento la fábrica de Mexicali tenía algunos problemas para comenzar a producir.
Teeple no había olvidado las controversias planteadas por el TLCAN en 1993, ni la visita del gran jefe en persona, Bossidy, a la fábrica, un poco más tarde. “Parecía decir que los negocios marchaban bien. Pero en ese momento yo no era demasiado consciente del impacto que el TLCAN tendría sobre nosotros. Seguíamos de lejos, por televisión, los pro y los contras”, afirma, soltando una pequeña risa. “Y luego, he aquí que, al cabo, el resultado parecía bastante evidente, ¿no?”, agrega.
Aparentemente, sus colegas de trabajo no fueron mucho más perspicaces. Con los anteojos de seguridad puestos, Peggy Gillig, de 53 años, está verificando un lote de bujías en una de las cuatro líneas de producción todavía en actividad (cinco años antes había 13). Ella no estaba politizada cuando Autolite la contrató hace 10 años, pero luego la política la atrapó. Primero fue la automatización de las tareas lo que casi acaba con su empleo; pero los políticos demostraron ser más destructores que los robots: “Estoy decepcionada de nuestros dirigentes. Nos han apuñalado por la espalda al vendernos a los intereses extranjeros”.
Un chantaje irresistible
Gillig no alimenta ninguna queja respecto de los pobres de México o de otros lugares que van a obtener un empleo, privándola de la jubilación a los 60 años a la cual los acuerdos de la empresa le hubieran dado derecho si hubiera dispuesto de cuatro años más de trabajo. “Las deslocalizaciones no parecen traer mucho bien a los trabajadores del tercer mundo –señala–. Se les paga un salario que no les permite vivir decentemente: ¿cómo creen ustedes que eso puede resultarles benéfico? Tal vez sea mejor que no tener trabajo en absoluto, pero si usted no gana lo suficiente como para pagarse una casa y ni siquiera un auto usado… No sé. No veo a quién beneficia, excepto a las grandes empresas.”
Otros obreros se unen a la discusión. Larry Capetillo, de 61 años, estaba jubilado cuando su empleador le pidió volver al trabajo en 2007 para formar al personal en México. Capetillo vivió esta misión, compartida con otros tres jubilados, como un suplicio. Para enfrentar su dilema moral, registró todo en un diario íntimo. Allí puede leerse esta explicación dada por un dirigente de Honeywell el día de su recontratación: la fábrica de Fostoria perdía dinero “desde hace cuatro o cinco años, no tanto a causa de los costos de producción sino porque tenemos 1.200 jubilados”. Sin embargo, el cuello blanco quiso tranquilizar a sus cuatro reclutados: si ayudaban a la empresa a implantarse en México, “preservaremos alrededor de 300 empleos en casa [en Fostoria]”. Como muchos otros veteranos, Capetillo siempre había considerado a Autolite como un asunto de familia. Su esposa, Fran, trabajó 29 años en la fábrica antes de que la despidieran. Su hija, Tracy, trabajaba todavía junto con su marido. No era un mal salario el de 22 dólares la hora, sobre todo en tiempos de crisis.
“Sabíamos que los colegas nos iban a detestar si aceptábamos ese trabajo”, admite Capetillo. Pero su reclutador se mostró persuasivo: “No importa si ustedes aceptan ir o no; la deslocalización se hará de todas maneras. Vamos a hacer todo lo posible para que sea un éxito. Pero si no lo logramos y hay que cerrar con llave las puertas de esa fábrica, lo que queda aquí también cerrará”. Difícil resistir a semejante chantaje. “Pensamos que si podíamos hacer algo para salvar nuestra fábrica, eso tal vez hacía valer el hecho de partir a México. Créame, ninguno de nosotros cuatro quería ir; pero cuando el jefe nos dijo que todo cerraría si el negocio en México iba mal, hubo que tomar una decisión”, concluyó el obrero.
A fin de cuentas, luego se sabría que la empresa no tenía la menor intención de proseguir la producción de bujías en Fostoria. Después de dos años de idas y venidas de Capetillo y sus colegas –dos semanas allá, dos semanas aquí–, la fábrica de Mexicali pudo finalmente funcionar a tiempo completo y escupir “cualquier cosa con platino adentro”, como dice Teeple. El resultado no se hizo esperar. En 2009, en el momento de renegociar los acuerdos empresariales en Fostoria, una sorpresa nada buena esperaba al sindicalista: si los trabajadores querían preservar sus 110 empleos, debían aceptar una disminución del 50% de sus salarios (11 dólares en vez de 22) y pagar de su bolsillo una parte de su cobertura médica. “No podíamos firmar algo así”, se irritó Teeple. Considerando todo, más valía negociar buenas condiciones de partida antes que sufrir una humillación tan dura. “Me sentí absolutamente traicionado por la empresa –recuerda Capetillo–. Nos habían dicho que se mantendrían 300 empleos o más. Finalmente, conservaron apenas la mitad.”
La historia hubiera debido terminar el 23 de diciembre de 2009, cuando la última línea de producción integrada se detuvo en Fostoria y una mayoría de los obreros de Autolite dejaron su fábrica por última vez. Pero todavía nos quedaba un protagonista para entrevistar: Dave Cote. El directivo de Honeywell ¿acaso no se había comprometido con fervor en la lucha contra la recesión? En enero de 2009, presumiendo en la Casa Blanca al lado de Obama –quien acababa de asumir sus funciones– el hombre de los 13 millones declaró ante la prensa: “Económicamente, la situación es claramente difícil. (…) El Congreso, el pueblo estadounidense, y nosotros como dirigentes empresarios, todos, debemos ayudar. Señor presidente, puedo decir en nombre de Honeywell que usted puede contar con que nosotros y todos nuestros empleados estaremos presentes y haremos nuestra contribución”. Durante meses, los agregados de prensa del alto ejecutivo, contactados en la sede de la compañía, en Morristown, Nueva Jersey, no aceptaron nuestros pedidos de entrevista.
Ahora bien, el 4 de abril de 2010 se produjo una catástrofe “milagrosa”: un terremoto de magnitud 7.2 a sesenta kilómetros de Mexicali, que puso a la región en estado de emergencia y causó estragos en todas partes, incluso en la nueva fábrica de bujías Autolite. La dirección de Honeywell debió repatriar, de mala gana, una parte de la producción a Fostoria y llamar a 70 obreros recientemente despedidos para satisfacer la demanda. “Nos dijeron que producíamos cuatro veces más que en la fábrica mexicana, o sea 130.000 bujías diarias”, relata Teeple. De todas maneras, en octubre las cosas volvieron a su curso normal en la inmensa zona industrial de Mexicali, y los 70 afortunados que habían sido recontratados en Fostoria se encontraron nuevamente desempleados. Esta vez, fue definitivo. Luego llegó el 1º de noviembre, día de la renegociación de los contratos. Sólo quedaron 86 trabajadores en Fostoria. Pero las perspectivas no son buenas para ellos. “Nos aseguraron que no instalarían hornos de cerámica en Mexicali”, dice Teeple. Pero le habían hecho el mismo tipo de promesa a Capetillo cuando lo llamaron para ayudar a “salvar” los empleos de Fostoria. Teeple dice que los aislantes de cerámica también puede producirlos NGK, una empresa japonesa que tiene una fábrica en Irving, California, muy cerca del sitio de Mexicali. La fábrica de Autolite en Fostoria, abierta en 1936, tendrá corta vida.
Teeple ya tuvo suficiente. Algunos meses antes, nos había dicho que no pensaba volver a presentarse en la filial local del sindicato y que iba a aceptar su indemnización. “Fui traído y llevado, fui menospreciado. Querría cambiar de oficio, hacer marketing. Cuanto más hacés, más ganás.”
Pero el sindicalista tuvo más malas noticias. El 28 de enero de 2010, Honeywell anunció la venta de su filial Consumer Products Group (CPG) –de la cual forma parte Autolite– al grupo Rank, una sociedad de inversión con base en Nueva Zelanda, por 950 millones de dólares (2). “Aunque CPG sea un excelente negocio, no se integra bien a nuestra cartera de tecnologías globales diferenciadas”, explicó Cote en un comunicado de prensa. Por cierto, el presidente-director general de Honeywell dice confiar en el hecho de que “el grupo Rank, conocido por su balance en materia de inversiones en empresas bien establecidas, será una hermosa empresa para la marca CPG, sus consumidores y sus empleados”.
No cabe ninguna duda de que Cote tenía muy presente el interés de sus empleados cuando cerró su empresa. Rank pertenece al especulador Graeme Hart, cuya fortuna personal se estima en 8.000 millones de dólares. Sus éxitos en el mundo de las altas finanzas son legendarios; pero su interés por la creación de empleos lo es un poco menos. El método de enriquecimiento elegido por Hart, denominado, en la jerga financiera, “compra con efecto palanca” (“Leveraged Buyout”, LBO), consiste en tomar prestado mucho dinero para adquirir empresas de gran facturación, comprimir sus costos de producción diezmando el personal y luego utilizarlas para contraer nuevas deudas o para revenderlas con ganancia. Un ejemplo es su “inversión” en Packaging & Consumer, comprada en 2008 al gigante Alcoa por 2.700 millones de dólares.
Apenas después de haber fagocitado al fabricante de hojas de aluminio, Hart tachó de la lista al 20% de los asalariados del grupo, entre los cuales se encontraban los 490 obreros sindicalizados de las fábricas Reynolds WRAP de Richmond, Virginia, y también los 158 colegas de la imprenta vecina. Se creó una nueva entidad, Reynolds Group Holdings Ltd., que sirve de embudo para absorber a otras empresas, como SIG Evergreen Packaging. Semejante balance no incita al optimismo.
El fin del sueño americano
Existen muchas historias y teorías sobre el tema de los supuestos beneficios del librecambio. Ninguna es tan convincente, sin embargo, como los testimonios de las víctimas del TLCAN. Una de ellas se llama Jerry Faeth. En 2009, a los 52 años, este trabajador de Autolite se creía todavía feliz: después de 32 años en la empresa podía esperar una de las jubilaciones más elevadas antes de que lo despidieran. Sus dos hijas estaban a punto de obtener su diploma en una universidad privada y él había terminado de pagar el crédito de su casa de New Riegel, a 20 kilómetros de Fostoria. Le gustaba mucho su trabajo, sobre todo desde que lo habían afectado a la “sección de prototipos”: “Me gustaba mucho trabajar allí, porque no hacés nunca lo mismo y no utilizás sólo tus manos sino también tu cerebro. Mis colegas diplomados me consideraban como su igual”. Faeth había adoptado de todo corazón el sueño americano, y esto le hacía bien: “Tenía suerte de trabajar en Autolite. Teníamos buenos salarios, lo que le permitió a mi mujer dejar su trabajo y criar a nuestras dos hijas durante ocho años. Una baby-sitter no se ocupa de un niño como lo hace su mamá o su papá”. Pero el “sueño americano” bruscamente se agrió.
Durante una reunión en donde los cuellos blancos de Honeywell develaron la lista de despidos, Faeth tuvo la impresión de “recibir un puñetazo en el estómago”. “Quería trabajar cinco años más, pero ahora se había acabado. Era necesario, por lo menos, que me levantara y les cantara las cuatro verdades. Entonces fui hacia uno de los jefes y le dije: ‘Usted acaba de afirmar que era necesario ser competitivos. Yo cotizo al plan 401K [caja de jubilación privada], y por lo tanto recibo todos los años las cuentas de ese fondo. Allí leí que los cinco más grandes dirigentes de Honeywell habían ganado un total de 70 millones de dólares el año pasado. Señor, ¿acaso eso es un gasto competitivo?’”.
La respuesta del cuadro superior, citada de memoria por Faeth, fue: “Bueno, yo no puedo decir nada sobre el salario de Dave Cote pero, usted sabe, de todas formas, que sus ingresos provienen de otro fondo”. A lo que el obrero replicó: “Señor, eso no es lo que yo le pregunto. Usted no puede decirme que no hay un solo tipo astuto allá en México que rechace hacer nuestro trabajo por un salario muy inferior al nuestro; pero ¿cómo pueden decirnos que ganamos demasiado dinero si esos cinco dirigentes reúnen ellos solos 70 millones de dólares? ¿No le parece que hay algo que no cierra?”.
Faeth cuenta que su interlocutor permaneció boquiabierto. Pero otros se muestran menos incómodos para responder a esa pregunta. El más elocuente se llama R. Glenn Hubbard: decano de la Graduate School of Business de la Universidad de Columbia y director del Consejo Económico durante los dos primeros años de la administración de George W. Bush, se lo conoce sobre todo por su notable aparición en Inside Job, un documental dedicado a la crisis financiera de 2008 (3). Hubbard es también coautor de Macroeconomics, la Biblia de los golden boys estadounidenses. La señora Alison Murray conoce bien ese libro. Esta madre soltera y obrera de Autolite sigue cursos nocturnos en la universidad de Findlay, cercana a Fostoria, desde que comenzaron los despidos en su fábrica. Una medida de precaución para un futuro incierto porque, con 17 años de servicio en la empresa, la señora Murray no tiene derecho a la jubilación. Pero su iniciación en la economía universitaria le dejó un gusto amargo.
“Es raro –dice– que mi retorno a la escuela haya comenzado con un curso de macroeconomía. El libro de Hubbard que nos pusieron en las manos nos explicaba cuán saludable era que los empleos industriales dejen Estados Unidos por otros países, ya que la industria estadounidense era un dinosaurio y había que desprenderse de ella para ganar más dinero. Fue como una cachetada. Vuelvo a las clases porque pierdo mi trabajo y lo primero que me enseñan es que ¡han tenido razón al despedirme!”.
Murray discutió con su profesor. “Le dije: ‘todo esto está muy bien en teoría, pero yo lo vivo en la práctica, en el plano humano. He visto con mis ojos la devastación causada por las deslocalizaciones’. El profesor me respondió que eso sólo afectaba a una pequeña cantidad de empleos. Pero en una ciudad de 15.000 habitantes, 900 empleos que desaparecen es algo que afecta a mucha gente”.
Macroeconomics ofrece un ensamble de verdades pretendidamente irrefutables que se desinflaron después de la debacle de 2008. Como alegato ortodoxo para las disminuciones de impuestos, la desregulación, el librecambio y la ley del mercado, este manual para ganadores muestra una postura de autoridad tal que escapa a cualquier crítica, a menos que se otorgue una atención sostenida a los argumentos que desarrolla y a los hechos que oculta. El capítulo sobre las “ventajas comparativas y las ganancias del comercio internacional” rebosa de postulados indemostrables y de frases tranquilizantes perimidas. Un extracto: “Algunos se inquietan ante la idea de que las empresas de los países ricos se vean obligadas a bajar sus salarios para seguir siendo competitivas frente a las economías emergentes. Pero este temor es infundado, porque el librecambio incrementa el poder de compra al mejorar la eficacia económica. Cuando un país opta por el proteccionismo y decide producir por sí mismo los bienes y servicios que podría adquirir a menor precio en otros países reduce el poder de compra de su población”.
Las virtudes del trabajo infantil
Hubbard y su coautor, Anthony Patrick O’Brien, consideran, por otra parte, que el trabajo de los niños no es una cosa tan mala, ya que las otras alternativas posibles (como la prostitución) pueden resultar “extremadamente duras”. Y habría que alegrarse de que los países en vías de desarrollo se nieguen a ceder a las exigencias de un mejor salario o de leyes más protectoras para el medioambiente, porque todo es relativo y “los empleos que parecen mal remunerados según los estándares vigentes en los países ricos son, muchas veces, preferibles a las alternativas de que disponen los trabajadores de los países pobres”.
Finalmente, si Estados Unidos goza de una “ventaja comparativa” por su mano de obra calificada y su “industria sofisticada”, “otros países, en cambio, como China, obtienen su ventaja comparativa del hecho de que su producción requiere una mano de obra poco calificada y una tecnología relativamente sumaria”. No se dice una palabra sobre la remuneración de los obreros en China (medio dólar la hora), el dominio del gobierno sobre los sindicatos, la ausencia de protección al medioambiente o el crecimiento en la gama del saber hacer industrial.
Faeth, Murray y Selig se preguntan qué empleo van a poder encontrar y con qué salario. Tal vez podrían apreciar las viejas promesas de Bossidy en comparación con un reciente informe del Ministerio de Trabajo dedicado al programa llamado de “ajuste transitorio” (TAA). Se supone que este programa garantiza una ayuda financiera para los trabajadores que perdieron su empleo después de la entrada en vigencia del TLCAN, el 1° de enero de 1994. El TAA no tiene en cuenta la masa de empleos efectivamente suprimidos, sino solamente los pedidos presentados por ex asalariados que han solicitado una ayuda. Al 21 de junio de 2011, la cantidad de trabajadores cubiertos por este programa –y, por lo tanto, elegibles para un óbolo del Estado– se elevaba a 2.491.479. Es probable que a esta cifra pronto se agreguen los 86 últimos obreros de la fábrica Autolite de Fostoria.
1 “Dave Cote Introduces president Obama at White House media briefing on U.S. recovery plan”, Honeywellnow.com, 27-01-09.
2 Honeywell rechazó responder a nuestros pedidos de verificación, alegando un procedimiento antitrust en curso ante la Federal Trade Commission (la Comisión Federal de Comercio).
3 Realizado por Charles Ferguson (2010).

Traducción: Lucía Vera


http://www.eldiplo.org/index.php/notas-web/las-verdades-del-tratado-de-libre-comercio/

Esclavos en Europa


DUMPING SOCIAL PARA MINIMIZAR COSTOS


Por Ignacio Ramonet
Director de Le Monde diplomatique, edición española.

En la era de la globalización neoliberal los trabajadores han pasado a ser una mercancía más y el salario es un costo que trata de disminuirse. Las deslocalizaciones y el empleo de mano de obra ilegal rigen el mercado de trabajo, provocando, incluso, como en el caso de Fiat, la autoexplotación de los trabajadores ante el miedo de perder su puesto.



os siglos después de la abolición de la esclavitud regresa una práctica abominable: la trata de personas. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que 12,3 millones de personas en el mundo se ven sometidas, a través de redes ligadas a la criminalidad internacional, a la explotación de su fuerza de trabajo en contra de su voluntad y en condiciones inhumanas.
Tratándose de mujeres, la mayoría son víctimas de la explotación sexual, mientras muchas otras son explotadas específicamente en el servicio doméstico. También se da el caso de personas jóvenes y en buen estado de salud que, bajo diversos engaños, son privadas de su libertad para que partes de sus cuerpos alimenten el tráfico ilegal de órganos humanos.
Pero la trata se está extendiendo cada vez más a la captura de personas que sufren la explotación de su fuerza de trabajo en sectores de la producción muy necesitados de mano de obra barata, como la hotelería, la restauración, la agricultura y la construcción.
A ese tema preciso, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) le dedicó en Viena, los días 20 y 21 de junio pasado, una Conferencia internacional con la participación de autoridades políticas, organismos internacionales, ONGs y reconocidos expertos (1).
Aunque el fenómeno es mundial, varios especialistas subrayaron que la plaga del trabajo esclavo está aumentando aceleradamente en el seno mismo de la Unión Europea (UE). El número de casos revelados por la prensa, cada vez más numerosos, sólo constituye la punta del iceberg. Las organizaciones sindicales y las ONGs estiman que hay centenares de miles de trabajadores sometidos a la execración de la esclavitud en Europa (2).
“Campos de trabajo” en Europa
En España, Francia, Italia, Países Bajos, Reino Unido y en otros países de la UE, numerosos migrantes extranjeros, atraídos por el espejismo europeo, se ven atrapados en las redes de mafias que los obligan a trabajar en condiciones semejantes a las de la esclavitud de antaño. Un informe de la OIT reveló que, al sur de Nápoles, por ejemplo, unos 1.200 braceros extracomunitarios trabajaban 12 horas diarias en invernaderos y otras instalaciones agrícolas sin contrato de trabajo y por sueldos miserables. Vivían confinados en condiciones propias de un campo de concentración, vigilados militarmente por milicias privadas.
Este “campo de trabajo” no es el único en Europa. Se ha descubierto, por ejemplo, en otra región italiana, a centenares de migrantes polacos explotados del mismo modo, a veces hasta la muerte, esencialmente para la recolección de tomates. Se les había confiscado su documentación y sobrevivían subalimentados en una clandestinidad total. Sus “propietarios” los maltrataban hasta el punto de que varios de ellos perdieron la vida por agotamiento, por los golpes recibidos o empujados al suicidio por la desesperación.
Esta situación concierne a miles y miles de inmigrantes sin papeles, víctimas de negreros modernos en los más diversos países europeos. Según varios sindicatos, el trabajo clandestino en el sector agrícola representa casi el 20% del conjunto de la actividad (3).
El modelo económico dominante tiene una gran responsabilidad en esta expansión de la trata de trabajadores esclavos. En efecto, la globalización neoliberal –que se ha impuesto en los tres últimos decenios gracias a terapias de choque con efectos devastadores para las categorías más frágiles de la población– supone un costo social exorbitante. Se ha establecido una competencia feroz entre el capital y el trabajo. En nombre del librecambio los grandes grupos multinacionales fabrican y venden en el mundo entero. Pero con una particularidad: producen en las regiones donde la mano de obra es más barata y venden en las zonas donde el nivel de vida es más alto. De ese modo, el nuevo capitalismo erige la competitividad en principal fuerza motriz y establece, de hecho, la mercantilización del trabajo y de los trabajadores.
Las empresas multinacionales, al deslocalizar sus centros de producción a escala mundial, ponen en competencia a los asalariados de todo el planeta con un objetivo: minimizar los costos de producción y abaratar los salarios. En el seno de la Unión Europea, eso desestabiliza el mercado del trabajo, deteriora las condiciones laborales y hace más frágiles los sueldos.
La globalización, que ofrece tan formidables oportunidades a unos cuantos, se resume para la mayoría de los demás, en Europa, en una competencia sin límites y sin escrúpulos entre los asalariados europeos, pequeños empresarios y modestos agricultores, y sus equivalentes mal pagados y explotados del otro lado del mundo. De ese modo se organiza, a escala planetaria, el dumping social.
En términos de empleo, el balance es desastroso. Por ejemplo, en Francia, en los dos últimos decenios, esedumping causó la destrucción de más de dos millones de empleos únicamente en el sector industrial. Sin hablar de las presiones ejercidas sobre todos los salarios.
Un fenómeno nuevo: la “trata legal”
En semejante contexto de desleal competencia, algunos sectores en Europa, en los que existe una carencia crónica de mano de obra, tienden a emplear a trabajadores ilegales, lo cual estimula la importación de migrantes sin papeles, introducidos en el seno de la UE por traficantes clandestinos que en muchos casos los obligan al trabajo esclavo. Numerosos informes evocan claramente la “venta” de braceros agrícolas migrantes. En el sector de la construcción muchos trabajadores jóvenes extracomunitarios, sin papeles, se hallan bajo el control de bandas especializadas en la trata de personas y son “alquilados” a empresas alemanas, italianas, británicas o griegas. Estos trabajadores esclavos se ven forzados por las bandas que los explotan a pagar sus gastos de viaje, de alimentación y de alojamiento, cuyo total es en general superior a lo que ganan. De tal modo que pronto, mediante el sistema de la deuda, pasan a “pertenecer” a sus explotadores (4).
A pesar del arsenal jurídico internacional que sanciona esos crímenes, y aunque se multipliquen las declaraciones públicas de altos responsables que condenan esa plaga, hay que reconocer que la voluntad política de poner fin a esa pesadilla resulta más bien débil. En realidad, las patronales de la industria y de la construcción y los grandes exportadores agrícolas influyen permanentemente sobre los poderes públicos para que hagan la vista gorda sobre las redes de importación de migrantes ilegales. Los trabajadores sin papeles constituyen una mano de obra abundante, dócil y barata; una reserva casi inagotable cuya presencia en el mercado de trabajo europeo contribuye a calmar los ardores reivindicativos de los asalariados y de los sindicatos.
Las patronales siempre han sido partidarias de una inmigración masiva. Y siempre por el mismo motivo: abaratar los sueldos. Los informes de la Comisión Europea y de Business Europe (la patronal europea) reclaman, desde hace decenios, siempre más inmigración. Los patrones saben que cuanto mayor sea la oferta de mano de obra, más bajos serán los salarios.
Por eso ya no sólo los negreros modernos explotan a los trabajadores esclavos; ahora se está desarrollando una suerte de “trata legal”. Véase, por ejemplo, lo que sucedió en febrero pasado en Italia, en el sector de la industria del automóvil. El grupo Fiat colocó al personal de sus fábricas ante un chantaje: o los obreros italianos aceptaban trabajar más, en peores condiciones y con salarios reducidos, o las fábricas se deslocalizaban a Europa del Este. Enfrentados ante la perspectiva del desempleo y aterrorizados por las condiciones existentes en Europa del Este, donde los obreros están dispuestos a trabajar sábados y domingos por salarios miserables, el 63% de los asalariados de Fiat votaron a favor de su propia sobreexplotación...
En Europa, muchos patronos sueñan, en el marco de la crisis y de las brutales políticas de ajuste, con establecer esa misma “trata legal”, una especie de esclavitud moderna. Gracias a las facilidades que ofrece la globalización neoliberal, amenazan a sus asalariados con ponerlos en competencia salvaje con la mano de obra barata de países lejanos.
Si se quiere evitar esa nociva regresión social, hay que empezar por cuestionar el funcionamiento actual de la globalización. Es hora de comenzar a desglobalizar.
1 Bajo el título: “Preventing trafficking in human beings for labour exploitation: decent work and social justice”, la conferencia fue organizada por la representante especial y coordinadora para la lucha contra la trata de seres humanos, Maria Grazia Giammarinaro, y su equipo en el marco de la Alianza contra la trata de personas.
2 Véase el informe Combating trafficking as modern-day slavery: a matter of rights, freedom and security, 2010 Annual Report, OSCE, Viena, 9 de diciembre de 2010.
3 Véase el informe The Cost of coercion, OIT, Ginebra, 2009.
4 Véase No trabajar solos. Sindicatos y ONG unen sus fuerzas para luchar contra el trabajo forzoso y la trata de personas en Europa, Confederación sindical internacional, Bruselas, febrero de 2011.

© Le Monde diplomatique, edición española



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